La economía aplicada al sector salud en México, se distingue del panorama global, por el estudio de la producción, distribución y consumo de servicios sanitarios bajo condiciones de escasez de recursos y que busca, por estas razones, optimizar el bienestar colectivo a través de marcos teóricos, clínicos, epidemiológicos, sociales, políticos y hasta temáticos.
Si consideramos la referencia del modelo de Michael Grossman, es fácil identificar que, para nuestro país, la salud es un capital humano que garantiza votos, es decir, la ausencia de enfermedad, se concibe como un activo que los gobiernos heredan y que se deprecia con el tiempo haciendo que este activo sea definido y que deba aprovecharse con prontitud. En contraste, a cada individuo se le olvida que la salud puede incrementarse mediante inversiones en atención médica, nutrición y ejercicio.
Lo anterior pareciera una premisa disruptiva en comparación con el modelo de salud de otros países, pero se trata de una realidad cuando nos asomamos al plan nacional de salud y nos damos cuenta que, en realidad para ellos, somos solo objetos de alto consumo que proporcionan una disminución de utilidad estatal.
Citando de nuevo a Grosman (al referir que los pacientes no desean los servicios médicos per se, sino por el efecto que producen; poder dedicar más tiempo a actividades productivas y de ocio), entendemos que la inversión en salud para el estado mexicano tiene dos componentes: un beneficio de consumo del servicio (que se traduce en altas cifras de atención sin tomar en cuenta la calidad de la misma) y una oportunidad de egreso económico (que no reduce el tiempo perdido por enfermedad, calidad ni la prontitud de atención).
Nuestro sistema de salud presenta asimetría de información profunda entre médicos-pacientes y autoridades, todos lo sabemos, lo cual incurre a una opacidad de servicios, el mercado de la salud está plagado de imperfecciones estructurales donde la asimetría de información es el fallo más prominente. Entonces, la inversión inteligente en el sector salud, no debería definirse simplemente por el aumento del gasto, sino por la determinación estratégica de dónde, cuándo y cómo asignar recursos para maximizar el impacto y la resiliencia del sistema. En el contexto de financiamiento y políticas públicas, esta implicaría transitar de modelos reactivos-políticos, hacía una arquitectura financiera proactiva y eficiente con pilares alineados a procesos impulsados por modelos que pueden lograr avances sociales significativos.
Una inversión solo es inteligente cuando llega a su destino sin pérdidas por corrupción usando sistemas de adquisición en línea transparentes que aumenten la competencia entre unidades de atención y generen ahorros significativos para reinvertir en reservas de insumos esenciales. En los servicios de salud, optimizar los flujos de trabajo, reducir costos operativos y mejorar la precisión clínica, permitirán al sistema, transitar de modelos reactivos a intervenciones proactivas que proponga una verdadera descongestión para optimizar los recursos, hacer más eficiente el servicio eliminando barreras ideológicas y políticas que maximicen las habilidades de todo el personal, pero hasta el momento, al sistema parece gustarle estar empachado.
POR: Edmundo Juarez
