Hace poco dejé a resguardo con unos amables desconocidos una bolsa con libros. Bromeando, un amigo hizo el comentario «Tal vez ya no estén», pero alguien apuntó para dar esperanza a la situación: «Quien roba no lee». Todos reímos.
La frase completa es «El que lee no roba y el que roba no lee», premisa cargada de buenos deseos y de una fe absoluta sobre el noble acto de la lectura. El desdoble de la frase afirma que al leer las ansias de robar se disipan y que, en sentido contrario, aquel amigo de lo ajeno invariablemente no es un lector. Más aún, este enunciado deja entrever que la gente que lee es buena, mientras que los que no poseen el hábito no lo son. Tengo mis dudas.
Todos hemos conocido gente que desdeña los libros y son almas buenas, con un virtuoso código moral instaurado por la vida misma y no desde las frías páginas de un libro. Al igual que Kant, me parece que la bondad del espíritu no pasa por el intelecto. Por otro lado, seguro que más de uno nos hemos topado con férreos lectores que reafirman su cualidad de imbécil a la menor oportunidad. Imbécil en el sentido moral, hombres y mujeres cargados de datos que al no saber qué hacer con ellos los utilizan para menospreciar al prójimo o delinquir de formas menos —digamos— burdas. Se debe reconocer: el que lee, muchas veces roba, y el que roba, posiblemente es un amante de la lectura. Una cosa no descarta a la otra.
Hablemos de un tema común. Políticos con la doble cualidad de cultos y ladrones abundan. En el ámbito nacional y local tenemos varios ejemplos, algunos ya retirados y otros todavía en activo. Nombres harto conocidos. Recordemos la fastuosa biblioteca casera ubicada en la llamada Colina del Perro, residencia del expresidente José López Portillo, hombre cultísimo, ha de decirse, y de mañas nacionalmente recordadas. A los lectores empedernidos se les envuelve con un aura de misticismo, se presupone su nobleza partiendo de su cultura. Error. Para muchos, leer se ha convertido en lo único que nos separa de las bestias, cuando muchas de las bestias más célebres de la historia han demostrado su gusto por la lectura: la biblioteca de Hitler albergaba 16 mil 300 volúmenes, mientras José Stalin, lector asiduo de Chéjov, Dostoievski y Zola, acostumbraba leer no menos de 300 páginas al día.
Leer es recomendable, pero leer al punto de ver al libro como el mejor amigo o lo único que llevaríamos a una isla desierta es rayar en la insensatez. Es rechazar la presencia del otro, del semejante, de aquello que en realidad cultiva la bondad en el alma. Los excesos no son recomendables, aplica por igual a la lectura. La mucha lectura atrofia. Schopenhauer dijo que estupidiza, pues «el medio más seguro de no tener ninguna idea propia es tomar un libro en la mano en cuanto se dispone de un minuto».
Fomentar la lectura está bien, inyectar la idea que es el puente para ser buenas personas es mentir, es idealizar esta actividad al grado de desestimar las demás, es caer en un librocentrismo que deja del lado a la vida misma.
POR: Alejandro Ahumada
