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Home Columnas

El dogma de la condena

by Ahora Noticias
mayo 11, 2026
in Columnas, PALESTRA, Portada, PUNTO DE VISTA
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Cuentan que, durante el proceso contra Sócrates, uno de sus acusadores fue Ánito, miembro del partido democrático ateniense y curtidor de profesión. Era un hombre respetable, pero un padre decepcionado, pues su hijo había frecuentado al filósofo y, según él, había salido de esas conversaciones con menos certezas de las que tenía al entrar.

Ánito acusó a Sócrates porque este representaba la posibilidad de que el pensamiento libre corroyera a Atenas desde dentro. Para él, bastaba con que algunos jóvenes salieran confundidos para concluir que toda la filosofía era una amenaza para la ciudad. Tan solo una parte —unos pocos alumnos desconcertados— le resultó suficiente para dictar sentencia sobre el todo. Sócrates fue declarado culpable y condenado a beber la cicuta.

Según Jenofonte, Sócrates le reprochó públicamente a Ánito que pretendiera que su hijo lo sucediera en los negocios y que lo hubiera educado con ese propósito. A partir de ese rencor personal, Ánito habría emprendido una intensa campaña en su contra. Entre los cargos figuraban no creer en los dioses de la ciudad —pues sostenía una forma de religiosidad distinta— y corromper a la juventud con sus ideas.

Ese mecanismo de suponer que la condición de una parte determina la del todo no murió en Atenas. Persiste en cualquier comunidad que haya aprendido a razonar con prisa. En la tradición de la lógica informal se conoce como “falacia de composición”, que consiste en inferir que aquello que es verdadero para una parte lo es, necesariamente, para el conjunto que la contiene. Es un error en el contenido del argumento, no en su forma; por eso resulta tan difícil de detectar a simple vista y tan fácil de propagar. Tiene la apariencia del razonamiento y la naturaleza del prejuicio.

Lo que hace peligrosa esta falacia en la vida política no es su frecuencia, sino el prestigio que ha adquirido. En muchos ambientes, condenar en bloque pasa por ser señal de lucidez. Sin embargo, quien es capaz de distinguir, matizar y afirmar: “esta parte falla, pero aquella funciona”, suele ser tildado de cómplice o ingenuo. La contundencia del juicio total se ha vuelto, de manera insidiosa, un marcador de integridad moral. Quien no condena todo, no condena nada.

Lamentablemente, desaprobar un conjunto entero por los errores de una parte no es en absoluto riguroso; por el contrario, parece la vía más sencilla para evitar “el esfuerzo de pensar”. Así, suelen perderse de vista las consecuencias: un movimiento social que en una de sus marchas genera violencia pierde la legitimidad de todas las anteriores; un partido que toma una mala decisión arrastra en su caída la memoria de las decisiones que fueron justas; una falla en un servicio público basta para desestimar el quehacer ejemplar en otras tareas de gobierno. La verdad de una parte —una marcha que terminó mal, una mala decisión— existe; nadie la niega. Lo que no existe, lo que la lógica no sostiene, es el salto de esa verdad parcial a la condena del todo.

Platón, que conoció de cerca el caso de su maestro Sócrates, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo las democracias se corrompen desde dentro. Una de sus intuiciones más inquietantes en “La República” es que la demagogia no necesita mentir, porque le basta con simplificar. El demagogo no inventa los vicios de las instituciones; los toma, los amplifica hasta que llenen todo el cuadro y los presenta como la única verdad disponible. La “falacia de composición” es, en este sentido, una herramienta retórica natural que toma una parte real, la declara el todo y, desde ahí, legitima cualquier demolición.

Una comunidad políticamente madura está conformada por ciudadanos capaces de diferenciar qué parte del sistema falló, en qué condiciones, y cuáles partes funcionaron y merecen conservarse. Estas distinciones hacen más rigurosa la crítica y colocan la indignación en su justo lugar. El juicio total, en cambio, deja a todos en el mismo barro y, paradójicamente, protege a los verdaderos culpables al diluir su responsabilidad en la condena general.

En conclusión, suponer que el todo está mal por las fallas de una parte es un error lógico tan antiguo como el resentimiento. Lo más grave es que haya quienes, presos de una suerte de ceguera voluntaria, intenten convertir esta práctica en una virtud cívica.

Por: Mario Cerino Madrigal

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