Durante mucho tiempo pensamos que el problema era la falta de información.
Las noticias llegaban despacio. Los datos eran difíciles de conseguir. Buena parte del conocimiento estaba reservado para quienes sabían dónde buscarlo o tenían tiempo para hacerlo. La tecnología prometió corregir esa limitación. Más acceso produciría ciudadanos mejor informados. Más información conduciría a mejores decisiones. Más voces enriquecerían la conversación pública.
La promesa parecía razonable.
Lo que no anticipamos fue que la abundancia también tiene consecuencias.
Hoy podemos pasar varios minutos recorriendo plataformas de entretenimiento sin decidir qué ver. No porque falten opciones, sino porque sobran. Lo mismo ocurre con las noticias, las opiniones y las explicaciones sobre prácticamente cualquier asunto. Cada tema viene acompañado por interpretaciones opuestas, análisis instantáneos, diagnósticos definitivos y expertos dispuestos a explicar aquello que apenas comenzamos a observar.
No vivimos una época de escasez.
Vivimos una época de saturación.
Y la saturación tiene un efecto curioso. No necesariamente nos vuelve ignorantes. Nos vuelve impacientes.
Durante décadas diversos pensadores advirtieron que algo semejante podía ocurrir. Observaron cómo la imagen comenzaba a desplazar a la reflexión, cómo el entretenimiento ocupaba espacios antes reservados para la discusión y cómo la velocidad de la información reducía el tiempo disponible para comprenderla. La advertencia no era que dejaríamos de pensar. Era más simple: cada vez encontraríamos menos razones para hacerlo.
Y quizá eso fue exactamente lo que ocurrió.
Primero delegamos tareas menores. Dejamos de memorizar números telefónicos porque los teléfonos podían hacerlo por nosotros. Dejamos de realizar ciertos cálculos porque la calculadora era más rápida. Más tarde permitimos que los navegadores digitales eligieran nuestras rutas. Después llegaron los algoritmos capaces de decidir qué noticias veríamos, qué productos nos interesarían o qué contenidos aparecerían frente a nosotros.
Ahora comenzamos a convivir con una tecnología capaz de resumir documentos, comparar argumentos, redactar textos y organizar cantidades inmensas de información en cuestión de segundos.
Cada paso parecía razonable, ofrecía una ventaja, ahorraba tiempo.
El problema nunca estuvo en una herramienta particular. El problema fue la acumulación.
Porque poco a poco dejamos de delegar tareas operativas para comenzar a delegar procesos intelectuales. Alguien selecciona la información que veremos. Alguien la resume. Alguien la interpreta. Alguien la organiza. Alguien nos acerca una conclusión lista para consumir.
Y nosotros aceptamos el intercambio porque resulta cómodo.
Tal vez por eso vivimos una paradoja singular.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comprender el mundo.
Nunca había sido tan sencillo evitar el esfuerzo de hacerlo.
La diferencia parece pequeña, pero es decisiva.
Comprender exige detenerse. Exige contrastar versiones. Exige convivir durante un tiempo con la incertidumbre. Exige reconocer que los asuntos importantes rara vez caben en una consigna o en una respuesta inmediata.
La comodidad opera de otra manera.
Nos entrega una explicación terminada, nos evita el recorrido y nos ahorra el esfuerzo.
Y después nos convence de que hemos participado porque conocemos la conclusión.
Esa costumbre termina extendiéndose mucho más allá de las pantallas.
Alcanza nuestra relación con los asuntos públicos y nuestra relación con la ciudad.
Porque las ciudades no son fenómenos naturales. No evolucionan por generación espontánea. Cada transformación relevante es consecuencia de decisiones humanas tomadas por personas concretas. Sin embargo, cada vez parece más frecuente observar esos procesos desde una distancia cómoda.
Los anuncios aparecen, los proyectos se presentan y las inversiones se celebran o se condenan; pero la discusión dura algunos días. Y después la atención se desplaza hacia otro lugar.
Meses o años más tarde, cuando las consecuencias son visibles, regresa la conversación. Entonces aparecen las críticas, las explicaciones tardías, las acusaciones y los arrepentimientos.
Las redes sociales están llenas de ese fenómeno.
Personas que opinan con absoluta seguridad sobre procesos que nunca siguieron.
Ciudadanos que exigen explicaciones sobre decisiones cuya gestación ignoraron por completo.
Críticas formuladas cuando ya no existe posibilidad alguna de modificar aquello que las originó.
Por supuesto que los gobiernos deben rendir cuentas. Por supuesto que las empresas deben someterse al escrutinio público. Por supuesto que quienes toman decisiones deben explicar sus razones.
Pero ésa es sólo una parte de la ecuación, la otra parte suele recibir mucha menos atención.
La ciudadanía también tiene obligaciones.
No basta con reclamar el derecho a participar cuando las consecuencias se vuelven evidentes. La participación comienza mucho antes. Comienza cuando todavía es posible prestar atención. Cuando aún existe margen para entender lo que está ocurriendo. Cuando la discusión puede influir en el resultado y no únicamente describirlo.
Quizá ahí se encuentre una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo.
Disponemos de más información que cualquier generación anterior. Contamos con herramientas capaces de resumir estudios completos, comparar posiciones y aclarar conceptos complejos. Tenemos acceso inmediato a cantidades de conocimiento que habrían parecido imposibles hace apenas unas décadas.
Y aun así seguimos llegando tarde.
No porque no podamos comprender o porque alguien nos lo impida.
Sino porque nos hemos acostumbrado a que otros realicen primero el esfuerzo.
Esperamos que alguien analice, cuestione, revise y concluya. Después aparecemos para aprobar o desaprobar el resultado.
Es una posición cómoda y también es una forma de renuncia.
Nuestros actos requieren explicación. La lluvia Simplemente ocurre.
Nuestros actos reflejan aquello a lo que decidimos prestar atención y también aquello que preferimos dejar en manos de otros. Reflejan las preguntas formuladas a tiempo y las que nunca llegaron a plantearse.
Por eso el desafío no consiste únicamente en exigir más transparencia, más información o más respuestas.
Consiste en recuperar algo que hemos ido cediendo gradualmente a toda clase de herramientas, algoritmos e intermediarios.
La disposición de prestar atención antes de que sea demasiado tarde.
Porque una crítica formulada al final puede tener razón.
Pero una ciudadanía presente desde el principio tiene algo mucho más valioso.
La posibilidad de influir.
La lluvia no requiere explicación, nuestros actos sí.
Y también nuestras omisiones.
Porque una sociedad no sólo se define por aquello que decide hacer. También por aquello que decide dejar pasar.
Por: Rudy Lara Álvarez
