Me dispuse a escribir estas líneas —con algo de reseña bibliográfica y algo de ensayo— a propósito de un libro publicado en Londres en 1959 que, más de medio siglo después, sigue siendo una guía eficaz para distinguir entre no saber y no querer saber.
Un hombre se acuesta, siente que las pulgas lo devoran y, antes de entregarse al sueño, apaga la vela. Piensa que, en la oscuridad, los insectos ya no podrán encontrarlo. Robert Burton contó esta escena en el siglo XVII, en “La anatomía de la melancolía”. Tres siglos más tarde, el escritor húngaro Paul Tabori la recuperó para abrir uno de los libros más singulares que se han escrito sobre el comportamiento humano: “Historia de la estupidez humana”. Difícil encontrar una imagen más precisa de la estupidez que la de apagar la luz creyendo que, con ello, el problema desaparece.
Tabori nació en Budapest en 1908. Su padre murió en Auschwitz y él logró escapar del nazismo junto con su madre para establecerse en Londres. Allí fue periodista, novelista y, de manera inesperada, investigador de fenómenos paranormales.
Antes de acumular ejemplos y anécdotas, conviene delimitar qué debe entenderse por estupidez. Para ello recurre al psicoanalista Alexander Feldmann, que parte de una separación entre el instrumento y quien lo utiliza. «El cerebro no piensa: se piensa con el cerebro». Si el cerebro está dañado y la capacidad de razonar se encuentra afectada, el problema pertenece al orden de la enfermedad. El estúpido, en cambio, tiene el instrumento intacto y aun así no sabe gobernarlo.
A partir de esa distinción, Tabori separa con claridad la estupidez de la ignorancia. El ignorante no es necesariamente estúpido, ni el estúpido es siempre ignorante. La ignorancia consiste en no saber y, al menos en teoría, puede remediarse aprendiendo. La estupidez es la incapacidad —o, con frecuencia, la simple pereza— de hacer buen uso de aquello que ya se sabe. Existen eruditos capaces de recitar fechas, estadísticas y genealogías con admirable precisión, y seguir siendo necios. Del mismo modo, abundan personas de escasa instrucción cuya sensatez nadie pondría en duda. Saber mucho y pensar bien pertenecen a categorías distintas.
El propio Tabori admite, sin embargo, que ambas condiciones terminan por entrelazarse. La estupidez engendra ignorancia, y la ignorancia alimenta la estupidez, hasta volver casi imposible distinguir cuál dio origen a la otra.
Décadas después, el historiador económico italiano Carlo Cipolla llegó a una conclusión semejante desde otra perspectiva. En un ensayo que comenzó como una broma privada y terminó convertido en un clásico, propuso medir la estupidez no por la cantidad de conocimientos de una persona, sino por los daños que provoca. El ignorante todavía puede preguntar, aprender o desconfiar de aquello que desconoce. El estúpido reincide con una obstinación admirable; tropieza una y otra vez con la misma piedra convencido de que esta ocasión será diferente.
El libro despliega un inventario de esas necedades. Cada capítulo reúne episodios donde el sentido común parece haber abandonado la escena. Al hablar de la burocracia, Tabori recuerda que Voltaire llamaba a los funcionarios «caballeros de la ignorancia» y dedicó buena parte de su ingenio a ridiculizar el papeleo que sofoca la vida cotidiana. Entre esas historias aparece una especialmente reveladora. Thomas Carlyle, exasperado porque el Museo Británico prohibía llevar libros a domicilio, decidió fundar la London Library, una nueva biblioteca creada para llevarse los volúmenes a su casa. No reformó el reglamento; construyó una institución para dejar de depender de él. A veces la mejor respuesta frente a una necedad consiste en fundar otra cosa en lugar de combatirla.
En el capítulo dedicado a la codicia, el rey Midas encarna al hombre que obtiene aquello que deseaba y descubre, demasiado tarde, que su deseo era el verdadero problema. El autor no necesita inventar moralejas. Le basta con alinear los casos —el alquimista que arruina fortunas persiguiendo un oro imposible o el noble que hipoteca sus tierras por comprar un título más sonoro— para que la moraleja se arme sola, sin que él tenga que enunciarla.
Una pregunta que atraviesa la obra es por qué la estupidez, tan visible y frecuente, resulta difícil de estudiar con seriedad. Los psiquiatras han dedicado páginas enteras a la histeria, la paranoia o la esquizofrenia, y apenas mencionan la palabra «estúpido». Tal vez porque la palabra resulta incómoda. Llamar ignorante a alguien deja abierta la posibilidad de una explicación; llamarlo estúpido implica reconocer que el problema no reside en la falta de información, sino en la renuncia a pensar.
Sesenta y siete años después de que esas páginas se imprimieran por primera vez en Londres, la distinción que propone sigue sirviendo para leer las noticias de cualquier mañana. Hay decisiones que nacen de la ignorancia. Otras no responden a la falta de información, sino a la negativa de pensar con la información disponible. Tabori cierra el libro con una frase casi escrita contra la gramática: «Fin… pero la estupidez humana no tiene fin».
Por: Mario Cerino Madrigal
