Octavio Paz recuerda con puntualidad que el llamado amor filial, fraternal, paternal y maternal no es amor, que es piedad, piedad en el sentido más estricto. La piedad apunta a un ser divino, una idealización intemporal mientras el amor pasional va dirigido a un mortal. Aunque de manera cotidiana enfrasquemos todos nuestros nobles sentires bajo el rótulo de «amor» lo cierto es que cuando hablamos de amor pasional —amor a una pareja real o imaginada— el sentimiento es fácilmente diferenciable, no decimos «Estoy enamorado» para referirnos a un hijo.
En la competencia contemporánea por ser felices y huir neuróticamente del dolor nos encontramos con expresiones curiosas que evidencian el contrasentido de querer vivir maniáticamente dichosos. Hace unas semanas fue el día de una penosa enfermedad y una persona diagnosticada con ella escribió en sus redes: «Hoy festejo feliz y dichosa mi padecimiento». Padecer es sufrir, soportar, tiene que ver con el desconsuelo, la aflicción y la angustia. Festejar feliz y dichosa un padecimiento es un oxímoron, un contrasentido, una clara neurosis que insiste en negar la naturaleza lastimera que todo padecer posee. Quizá la palabra buscada era «aceptación», una aprobación a un evento que nada tiene que ver con la felicidad y la dicha y sí con el reconocimiento estoico a la inevitabilidad de los designios divinos.
Así con el amor, con el amor pasional, que buscando erradicarle su naturaleza dolorosa se le empieza a construir bajo imaginarios edulcorados que lo alejan de su esencia. Y es que el amor duele, ¿cómo no podría?, el yo queda expuesto, desnudo, descarnado a los deseos de un otro que sin piedad podría desmembrarlo con un simple «Ya no te amo». «La gente feliz no se enamora» ha sido la ingeniosa frase popularizada recientemente que muchos han hecho suya. La premisa es que si estás bien contigo —sea esto lo que sea— te enamorarás de una manera sana —también, sea esto lo que sea—. Decir lo anterior es decir lo contrario, que «La gente infeliz se enamora». Parece una negación total a la idea que el amor puede herirnos, y que si lo hace es porque no somos felices. El psicoanalista Juan David Nasio, reinvierte la pregunta «¿Por qué nos divorciamos?» a «¿Por qué nos casamos?» indicando que lo analizable nos está en la tendencia al divorcio, sino en la insistencia al matrimonio: sabiendo —o sospechando— lo complicado de este insistimos en él. Casarse es una apuesta al amor imperecedero e indoloro, mientras divorciarse es un descubrimiento que la empresa es imposible. «Amar es dar lo que no se tiene», dice Jacques Lacan, pero el amor cortesano, ese romántico e ideal, hace pensar en el amor como algo fácilmente entregable y divino, más del lado de la piedad. Y esa es la confusión: el amor pasional es terrenal, un sentimiento zurcido con nuestros demonios y fantasmas infantiles que nos empeñamos en ajustar a un imperativo social. El amor duele y duele mucho.
El amor sin dolor es absurdo pues este nos hace vulnerables, y es justamente esa vulnerabilidad —su cualidad doliente— es lo que le otorga su gozoso encanto. Lo sabían los poetas griegos y lo sabe cualquiera que se enamora. Pero son los terraplanistas del amor, esos autonombrados coaches que nadan a contracorriente sumando legionarios dolidos, los que quieren engañarse pontificando que amor y aflicción está más del lado de la patología que de una realidad constitutiva. El amor se siente y se padece, es día y noche, Eros y Tánatos. Aunque en otra dirección, los niños expresan bien esta paradoja: «Pica rico», dicen al probar un dulce enchilado, soportando el dolor pungente de la capsaicina en su boca haciendo muecas y lagrimeando por ese placer doloroso. Placer doloroso. El amor duele y duele mucho, duele rico.
Por: Alejandro Ahumada
