Las letras y el excremento mantienen una cofradía de la que muy poco se habla. Las letras como creación, el excremento como desecho. Génesis y Apocalipsis. La correlación entre las deposiciones y la literatura es democrática: periódicos para los más viejos, celulares para los más jóvenes. Entre ese espectro, revistas, libros, folletos, todo lo que contenga la herencia de Gutenberg será un imán para aquel que defeca. ¿Qué acto epifánico encierra ese hecho maldito —el defecar— que se enterca en acercarnos a la literatura? ¿Será verdad aquel viejo chiste escatológico que concluía diciendo que el jefe supremo de todo lo que nuestro cuerpo contiene es la mierda misma, incluso por encima del corazón, el cerebro, el páncreas o los pulmones?
Las heces inspiran, seguro que sí. El escritor Henry Miller en su libro Leer en el retrete dijo «¡Mantén abierto tu intestino y confía en el señor!», frase que nos recuerda que debemos desechar todo aquello que nos dañe y dejarlo en manos del Supremo. Nietzsche lo escribió años antes en su texto autobiográfico Ecce Homo: «Todos los prejuicios proceden de los intestinos». Sí, para este filósofo la sinrazón solo puede venir de las tripas, el espacio más animalesco de lo humano. Grandes pensadores se inspiraron en el excremento para escribir. Caca y letras. Lo inmundo y lo excelso juntos. Averno y Cielo. La materia del Diablo y la de Dios en un mismo recinto.
En un hogar lector los libros reptan por los pasillos y habitaciones; los olvidados, como cochinillas anidan en rincones solitarios y sombríos, pero aquellos consentidos son acunados cerca de la cabecera mientras centinelan el soñar. Libros por doquier. En gabinetes, en roperos y hasta en la cocina… menos en el baño. La humedad hace de ese espacio el último donde un bibliófilo colocaría La Divina Comedia o El Quijote, consiente que el rocío y el vapor apagarían los infiernos dantescos o herrumbrarían aún más la vieja armadura del Hombre de La Mancha. Con todo, lector o no, a aquel que llama la naturaleza introducirá al baño «algo» que llene su mente mientras vacía su intestino. Leer y defecar, verbos que inadmisiblemente se hermanan. Letras y excremento, sustantivos distanciados y extrañamente maridados.
La pluma cáustica del poeta Salvador Novo hizo mella en Octavio Paz que —sin un dejo de política o asco— se refirió a él como alguien que «[…] no escribió con sangre, sino con caca». Nuevamente aquí la hermandad de la literatura y lo escatológico. Para Paz, la pluma cargada con caca está en dirección opuesta a aquella estilográfica rellena de sangre. ¡Cuánto prejuicio del premio Nobel hacia esa materia universal!, como si escribir con caca fuera algo reprochable. Ejemplo es el marqués de Sade que hizo de su mierda la tinta ocre con la que continuó escribiendo en las paredes de la Bastilla, quizá como acto de rebeldía, quizá como deseo escritural, ¿acaso eso importa? Otra vez la relación entre creación y desecho.
La correspondencia entre las heces y lo abyecto es clara, se asume a priori que nada bueno puede salir de la mierda, sustancia vergonzosa y residual que persistimos en ocultar. Pero ella se empecina en ser musa y anhela ser fuente de inspiración. A pesar de los condescendientes programas de concientización social («Este lugar es tuyo», se dice de manera oficialista sobre el espacio público), la latrinalia —el deseo por escribir en las paredes de los baños comunitarios— no ha menguado. Los muros registran un gusto por las letras mientras el cuerpo hace lo suyo. Un baño pintarrajeado es cosa común. Algo de inspiración parece llegar durante las deposiciones.
El baño quizá sea el último reducto —solitario, íntimo, subjetivo— donde podamos resguardarnos de la vorágine social, un cubil para la poiesis, para el encuentro con verdades universales. Virginia Wolf ambicionaba una habitación propia para poder escribir, pero dada la economía actual debemos conformarnos con pasar un tiempo a solas en el baño, un lugar que podemos seguir reclamando como nuestro a la sencilla voz de «¡Está ocupado!».
COLUMNA POR: ALEJANDRO AHUMADA

