Es ya conocida la plática entre Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, esa donde disciernen entre el cretino, el idiota y el imbécil. Del cretino nada hay que decir, no sabe lo que hace, concluyen. Del idiota, su padecer es de tipo intelectual. Es el que inicia una discusión con la frase «Está científicamente comprobado que…», asumiendo que la ciencia positivista todo lo puede avalar, por ejemplo. Por otro lado, al imbécil, opinan los autores, «llegado el momento, se le ocurrirá decir lo que no debería decir». Su mal es de corte social. Y aquí entramos en tema.
El imbécil está negado para colocarse en la posición del otro. Es al que no le faltan escusas. Es aquel que al escuchar sobre la muerte del abuelo de su interlocutor, comenta: «Te comprendo. La semana pasada murió mi perro». El imbécil alarga el tiempo de respuesta de los mensajes de texto pensando que con ello su estampa se mirará interesante. Es el mismo que minimizará la charla presencial con el amigo al revisar una y otra vez el celular. El «allá» es más importante que el «aquí». El imbécil podrá olvidarse de algún compromiso, pero no de postear cualquier banalidad. El imbécil sufre para relacionarse y esconde esa herida en la idea que el mundo no le entiende. Sin mérito real, el imbécil se asume mejor. Se dice más ágil, más inteligente. El imbécil intentará sobresalir, no mejorando como persona sino demeritando al prójimo. El imbécil no termina la actividad que era importante para el otro; la deja para después. El imbécil tiene su propia lógica laboral: si se topa con un cliente difícil se deshace de él sin pensarlo, pues considera una insensatez aquello de que «el cliente siempre tiene la razón». Si el imbécil se equivoca, y se equivoca seguido, culpará a los demás. Desestima los cumpleaños —menos el suyo, por supuesto—, olvida los favores que le otorgaron, desdeña los logros ajenos y exalta en demasía los propios.
No tengo pruebas pero tampoco dudas, dicen los contemporáneos: si hiciéramos una encuesta nadie se asumiría como un imbécil, ¡y sin embargo el mundo está lleno de ellos! Asumirse imbécil es una deshonra ya que no es un problema del cuerpo ni del intelecto, es un asunto del alma. No hay intervención quirúrgica que extirpe la imbecilidad ni medicamento que la mitigue. Quizá por ello el exponencial aumento de diagnósticos en TDAH y espectro autista. Dejando de lado los verdaderos positivos, ¡qué cómodo resulta comportarse como un imbécil y justificar ese conducta como una condición! «Sí, estoy loco», es la frase moderna que intenta reconocer «Sí, soy un imbécil».
Los tantos nuevos diagnósticos parecen ser credencial para ir por la vida actuando como un imbécil. Sin capacidad de socializar —pero con el deseo a cuestas— se recurre a la cómoda separación cartesiana entre mente y cuerpo. «Llegué tarde, pero no fue por mí. Tengo TDAH». Todo menos asumirse imbécil. Todo menos reconocer que su tiempo no es más valioso que el de los demás.
Perezoso, impuntual, imprudente, descuidado, indiscreto, falto de tacto, egoísta, impulsivo, frágil y egocéntrico, eran algunas de las palabras que describían muchas veces al imbécil. No importa que no se asumiera como tal, la gente a su alrededor podíamos reconocerlo. Palabras que no hablaban del físico o lainteligencia, más bien referenciaban al alma y la imposibilidad del imbécil de ponerse en los zapatos ajenos. Hoy los términos anteriores se miran discriminatorios, ofensivos y hasta fóbicos. Parece que los grandes defectos del alma ya no se deben señalar. Punto para el imbécil.
Ya sea que no se asuma como tal o amparado detrás de un diagnóstico somero, la convivencia con un imbécil siempre resulta frustrante. Con el idiota, según se desprende de la lectura de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, no queda más que apoyarlo, hacer de su vida algo más sencillo. Con el estúpido podemos intentar convencerlo de lo espurio de su razonamiento, pero con el imbécil la cosa es distinta, sus oídos están tapiados, y cuando no se puede escuchar nada queda por hacer.
Por: Alejandro Ahumada
