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Home Opinión

NOSOTROS, LA CIUDAD

by Ahora Noticias
septiembre 29, 2026
in Opinión
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La ciudad es el invento materializado más complejo de la humanidad. ¿Te has preguntado alguna vez cómo logramos construir algo así? ¿Y qué papel juegas tú en ese empeño?

Para buscar una respuesta habría que hacer algo parecido a recorrer nuestro árbol genealógico hasta encontrar al antepasado que inició la familia.

Antes de la metrópoli estuvo la ciudad; antes, el asentamiento. Si seguimos retrocediendo desaparecerán los edificios, las calles y hasta los caminos. Quedarán unas cuantas personas frente a un territorio que ofrece alguna razón para quedarse: agua, alimento, protección, intercambio, una ruta conveniente, la posibilidad de prosperar.

El territorio estaba ahí antes que ellas. El río, la vegetación, la lluvia, el calor y los mosquitos. Todavía no había ciudad, pero existía la necesidad y la decisión de aceptar vivir juntos.

Ese acuerdo fue el acto de concepción. Su encuentro con el territorio fue el nacimiento de la ciudad.

No imaginemos un pacto solemne. Pudo surgir simplemente de la necesidad, de la costumbre, de una autoridad o también de la fuerza, de la búsqueda de protección. Lo importante es lo que ocurrió después. Vivir juntos obligó a resolver preguntas que, miles de años más tarde, seguimos negociando: esto es mío, aquello es tuyo, esto será de todos. Por aquí pasamos. Aquí construimos. Alguien decide. Alguien obedece. Alguien paga.

Habíamos inventado un problema formidable: convivir o, mejor dicho, cohabitar.

Y llevamos miles de años perfeccionando la solución.

Aquellos primeros acuerdos se multiplicaron hasta formar una estructura de una complejidad difícil de abarcar. Propiedad, leyes, gobiernos, dinero, impuestos, mercados, contratos, instituciones, capital. Después desarrollamos técnicas capaces de transformar físicamente nuestras decisiones: arquitectura, ingeniería, redes de agua, drenaje, energía, comunicaciones, movilidad.

Hoy millones de desconocidos pueden despertarse cada mañana, abrir una llave y esperar que salga agua; encender una lámpara; hacer desaparecer sus desechos; comprar alimentos producidos a miles de kilómetros y atravesar una ciudad sin conocer a casi ninguna de las personas que hacen posible todo aquello.

Lo extraordinario es que funciona.

No siempre bien, desde luego.

Pero funciona.

Quizá por eso vemos una ciudad y pensamos primero en edificios, avenidas y puentes. Son la parte sólida, la que podemos tocar. Sin embargo, buena parte de lo que mantiene todo aquello en pie es invisible.

Detrás de una calle hay propiedad, presupuesto, normas, intereses, decisiones políticas, conocimiento técnico, inversión y años de historia. Un edificio comienza mucho antes de excavar sus cimientos. Una avenida existe antes de recibir asfalto. Incluso el valor de un pedazo de tierra, algo que expresamos con absoluta naturalidad en pesos por metro cuadrado, depende en buena medida de acuerdos humanos.

Lo material es resultado de todo ello.

Y entonces ocurre algo todavía más interesante: mientras transformamos el territorio, el territorio también empieza a transformarnos.

No habitamos igual junto a un río que en el desierto, frente al mar que en la montaña. Aprendemos a movernos, protegernos, producir, comer y construir de acuerdo con las condiciones que encontramos. Pero tampoco dos comunidades responden de la misma manera ante territorios semejantes. Cada una inventa su propia relación con el lugar.

De esa conversación prolongada surgen la arquitectura y la trama urbana, pero también los horarios, la comida, los mercados, las fiestas, las maneras de hacer negocios y de relacionarnos. Está en cómo nos educamos y tratamos al prójimo, en nuestra relación con la naturaleza y los animales, en cómo celebramos los triunfos y padecemos las derrotas. Hasta la manera de despedir a nuestros muertos dice algo de la ciudad que somos.

Habitamos y, al hacerlo, conferimos carácter al territorio.

Con los años, ese carácter se acumula hasta convertirse en algo reconocible incluso para quien llega de fuera. Es ese extraño umami que algunas ciudades poseen con particular intensidad: algo difícil de separar en ingredientes que puede hacernos sentir curiosidad, pertenencia, fascinación o ganas de descubrir qué habrá después de la siguiente esquina.

No está únicamente en los edificios.

Está en la relación entre nosotros y el lugar.

El alma de una ciudad es la identidad colectiva que emerge de la relación sostenida entre sus habitantes, sus acuerdos y el territorio que comparten a través del tiempo.

Y cada uno de nosotros aporta una fracción diminuta a esa identidad. Incluso podemos llevar dentro fragmentos de varias ciudades: las que nos vieron nacer, aquellas donde hemos vivido y quizá alguna que un día decidimos hacer nuestra.

Pero si hemos participado en todo esto simplemente habitando, aparece una pregunta bastante más comprometida: ¿qué ocurre cuando decidimos participar conscientemente?

Aquí nuestra época introduce una paradoja.

Nunca habíamos tenido tantos medios para hacer pública nuestra opinión y quizá nunca había sido tan fácil confundir expresarnos con participar.

Yo mismo lo hago. Veo algo que considero absurdo, tomo una fotografía, escribo unas líneas y la publico. Alguien comenta, otro comparte, algunos se indignan conmigo y queda una agradable —y peligrosa— sensación de misión cumplida.

Pero publicar una queja no repara necesariamente aquello que la produjo.

Eso no vuelve inútiles a las redes. Han conseguido hacer visibles problemas que antes podían permanecer escondidos, conectar comunidades, documentar abusos y obligar a instituciones a responder. El problema aparece cuando el clic sustituye al siguiente paso.

También sucede lo contrario.

La conversación digital puede ser tan agotadora que preferimos abandonarla. El desfile interminable de problemas, opiniones, enfrentamientos y pequeñas catástrofes cotidianas produce frustración. Algunos dejan de participar porque sienten que nada cambiará; otros porque no quieren contaminar su vida con discusiones que consideran ajenas o inútiles.

Pero dejar la conversación no significa dejar de participar en la ciudad.

Seguimos moviéndonos, comprando, trabajando, construyendo, invirtiendo, generando basura, usando agua, ocupando calles, obedeciendo reglas y rompiendo otras. Seguimos produciendo ciudad aunque hayamos decidido no hablar de ella.

Ahí está quizá la diferencia que importa.

Participamos inevitablemente. Participar conscientemente es otra cosa.

Significa entender que nuestra experiencia contiene información, pero no toda la información. Que podemos defender intereses legítimos y aun así estar equivocados. Que una decisión capaz de beneficiar nuestro barrio puede perjudicar otra parte de la ciudad. Que detrás de una obra hay variables técnicas que quizá desconocemos y detrás de una decisión técnica hay consecuencias humanas que un especialista puede no haber considerado.

Participar exige algo más difícil que opinar: construir criterio.

Escuchar, preguntar, contrastar, entender intereses distintos a los propios y estar dispuesto incluso a cambiar de posición cuando aparecen mejores razones.

No necesitamos convertirnos en urbanistas. Necesitamos comprender que ya somos parte del proceso.

Hace no tantos años era común barrer y hasta lavar la banqueta frente a casa. Sabíamos que no era nuestra, pero también sabíamos que decía mucho de quienes habitábamos esas casas.

Aquella pequeña costumbre contenía una idea enorme: algo puede no pertenecernos y aun así correspondernos.

La ciudad es precisamente eso.

La hemos recibido de quienes estuvieron antes. La usamos todos los días. La alteramos casi sin advertirlo y algún día la entregaremos a quienes todavía no están aquí.

Participar activamente en la ciudad significa reconocer el papel que ya desempeñamos en ella, asumir la responsabilidad que conlleva y decidir conscientemente cómo queremos ejercerlo.

Por Arq. Rudy Lara Alvarez

 

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