Donald Trump ha ordenado que el gobierno de Estados Unidos deje de decir “inteligencia artificial” y empiece a decir “superinteligencia”. Lo anunció el 22 de septiembre ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y lo formalizó una semana después mediante una orden ejecutiva. La razón que ha dado es sencilla: “artificial” le parece una palabra que suena a falso.
Yo pienso lo contrario. Lo honesto del nombre estaba justamente en ese adjetivo. “Artificial” procede del latín “artificium”, palabra que nombra lo hecho con arte, destreza u oficio. Definía bastante bien lo que teníamos delante: un artefacto ingenioso. Y sigue definiéndolo para nosotros.
Mi tesis es que “inteligir” está relacionado con comprender y discernir; por su parte, discernir implica escoger entre posibilidades; y escoger bien, cuando lo que está en juego importa, supone responder por la elección ante otros. Una máquina puede producir resultados que se parecen a los de ese acto. Puede calcular, ordenar, comparar y anticipar, pero el acto mismo queda fuera de su alcance.
Llamamos “inteligente” a quien sabe qué hacer con lo que sabe. La cantidad de información acumulada importa menos que la capacidad de discernir qué merece hacerse con ella. Por eso la inteligencia no se revela en el tamaño del archivo, sino en las decisiones. Una acumulación de datos, por enorme que sea, no basta para decidir.
Pensemos en algo tan sencillo como escoger el color de una camisa. Podemos hacerlo solos y no pasa nada. Sin embargo, las decisiones que exigen discernimiento son de otra naturaleza, ya que importan porque tienen consecuencias para alguien. En este caso, decidir implica también exponerse al error. Aristóteles lo sabía: en el libro tercero de la “Ética a Nicómaco” explica que, cuando se trata de asuntos importantes, llamamos a otros para deliberar porque desconfiamos de nuestra capacidad para resolverlos por nosotros mismos. Deliberar comienza con admitir que puedo equivocarme; el otro puede estar viendo algo que yo no veo.
Kant llevó esa disposición más lejos al hablar de una “mentalidad ampliada”, entendida como la capacidad de juzgar intentando ponerse en el lugar de cualquier otro. No significa pensar como los demás, sino reconocer que otra mirada puede mostrarnos lo que la nuestra dejó fuera.
El discernimiento, por eso, no pertenece necesariamente a quien más sabe. Imagino a una vecina que nunca fue a la universidad y a la que alguien consulta antes de firmar un contrato de renta. Escucha a dos o tres personas, pregunta por el dueño, recuerda lo que le pasó a una comadre hace años y, después de pensarlo, dice qué haría ella. Esa mujer discierne, y lo hace sin un solo título, porque sabe escuchar, relacionar experiencias, sopesar consecuencias y, sobre todo, sabe cambiar de opinión.
Lo importante es que esa decisión tiene un rostro. Quien le pide consejo sabe dónde encontrarla, puede preguntarle cómo llegó a esa conclusión y escuchar sus razones. En cambio, una herramienta tecnológica o un modelo no tienen puerta ni rostro. Ofrecen respuestas, pero no responden por ellas.
Por lo tanto, llamar “súper” a la inteligencia artificial significa entender la inteligencia como algo que puede medirse, compararse y ordenarse en una escala. No obstante, la palabra latina cuenta otra historia. Como ya vimos, inteligir es escoger entre cosas que importan, y escoger bien exige escuchar a otros y responder ante ellos por lo escogido.
Es cierto que las máquinas calculan más rápido que nosotros desde hace décadas y a nadie se le ocurrió por eso llamarlas superiores, igual que nadie llama superior a una grúa por levantar más peso que un obrero. Son capacidades distintas, eficaces para determinadas tareas.
Lo que no deberíamos hacer es confundir esa eficacia con la inteligencia que atribuimos a una persona, alguien que, al decidir, puede equivocarse y responder por su error.
Hemos construido máquinas capaces de producir respuestas cada vez más sorprendentes y, antes de terminar de preguntarnos qué significa esa capacidad, ya queremos concederles el título de “superinteligentes”. Tal vez “artificial” siga siendo una palabra mucho más prudente, pues al menos nos recuerda que detrás hay una mano.
Por: Mario Cerino
