Desde que el ser humano adquirió conciencia de su existencia, ha intentado comprender su origen. Imaginó dioses, construyó religiones y atribuyó a una inteligencia superior la creación de cuanto conocía, incluida su propia vida. Durante milenios hemos concebido la creación como una facultad divina, mientras nosotros ocupábamos el lugar de lo creado.
Hoy estamos desarrollando una inteligencia capaz de aprender, razonar y realizar tareas que hasta hace poco considerábamos exclusivamente humanas. Una inteligencia que podría llegar a superar ampliamente nuestras capacidades intelectuales.
La paradoja resulta fascinante: quienes durante siglos nos hemos preguntado por nuestro creador comenzamos a ocupar ese lugar frente a nuestra propia creación.
La inteligencia artificial despierta expectativas tan grandes como los temores que provoca. Algunos de sus propios desarrolladores advierten sobre la posibilidad de que alcance capacidades que escapen a nuestro control y termine convirtiéndose en una amenaza para la humanidad. Sin embargo, continuamos desarrollándola, perfeccionándola e incorporándola a nuestras actividades. Cada avance abre posibilidades que impulsan el siguiente, mientras sus consecuencias colectivas permanecen parcialmente desconocidas.
En nuestra interpretación religiosa, Dios creó al hombre, lo dotó de inteligencia y éste terminó cuestionando a su creador. Ahora nosotros desarrollamos una inteligencia que algún día podría cuestionarnos, independizarse de nuestras decisiones y transformar el mundo de maneras que todavía no podemos imaginar.
Tal vez estemos repitiendo una historia que conocemos desde hace siglos, aunque esta vez nos corresponda representar al creador.
Pero existe otra manera de interpretar lo que está sucediendo.
La vida surgió de procesos naturales cuyo origen exacto todavía desconocemos. A lo largo de miles de millones de años, la evolución biológica produjo organismos capaces de transformar su entorno y, finalmente, una especie cuya inteligencia le permitió modificar deliberadamente sus propias condiciones de existencia. La tecnología es consecuencia de esa historia y la inteligencia artificial también forma parte de ella.
La creación deja entonces de parecer un acontecimiento aislado. Se incorpora a una sucesión de transformaciones en la que cada nueva capacidad modifica las posibilidades de las siguientes.
Ya conocemos un antecedente formidable de ese fenómeno: la ciudad.
Hace miles de años comenzamos a reunirnos, asentarnos y establecer acuerdos para compartir un territorio. Construimos viviendas, calles, espacios públicos e instituciones. Organizamos actividades, intercambiamos conocimientos y desarrollamos formas de convivencia cada vez más complejas.
Nadie imaginó entonces las ciudades que habitamos actualmente. Tampoco existió una inteligencia individual capaz de concebir anticipadamente todo lo que llegarían a ser.
La ciudad fue construyéndose mediante innumerables decisiones, acuerdos, conflictos, aciertos y equivocaciones. Muchas respondían a necesidades inmediatas, pero sus consecuencias modificaron las condiciones de vida de generaciones posteriores.
Y sucedió algo decisivo: la ciudad terminó transformando a quienes la habían creado.
Cambió nuestra manera de trabajar, relacionarnos, producir conocimiento y entender la vida colectiva. Permitió alcanzar niveles de desarrollo que difícilmente habríamos conseguido viviendo de manera aislada. También produjo desigualdades, deterioro ambiental y formas de crecimiento cuyas consecuencias seguimos intentando corregir.
Nuestros desaciertos han contribuido a ampliar el conocimiento urbano. Aprendimos de aquello que funcionó y de aquello que fracasó. Construimos instituciones, modificamos normas y establecimos nuevos acuerdos. La ciudad continúa evolucionando con nosotros y nosotros con ella.
Brasilia representa un ejemplo interesante. Fue concebida como una ciudad planificada integralmente, con una organización espacial capaz de anticipar su funcionamiento. Sin embargo, la vida urbana continuó desarrollándose más allá de aquella concepción original. Su crecimiento metropolitano, las necesidades habitacionales y las transformaciones sociales produjeron una realidad que ningún proyecto podía prever completamente.
El diseño estableció una forma inicial; sus habitantes y el tiempo continuaron construyendo la ciudad.
La inteligencia artificial introduce una situación comparable, aunque sus características sean diferentes. Una ciudad no posee voluntad consciente independiente de sus habitantes. Una inteligencia artificial futura podría desarrollar formas de autonomía que todavía no comprendemos. Pero ambas son creaciones humanas capaces de transformar profundamente a sus creadores.
Nuestra experiencia urbana ofrece una enseñanza: la convivencia no se construye solamente mediante la imposición de límites. Necesita acuerdos.
Los acuerdos incluyen límites, pero también establecen responsabilidades, condiciones de cooperación y procedimientos para modificar lo convenido cuando cambian las circunstancias. Permiten actuar dentro de una franja de posibilidades sin pretender determinar completamente el futuro.
Esa capacidad de acordar ha sido fundamental para nuestra evolución como civilización. La encontramos en las ciudades, en las relaciones comerciales, en las instituciones y en los esfuerzos internacionales por reducir los riesgos nucleares o enfrentar el calentamiento global. Los resultados son desiguales, pero la cooperación permite abordar problemas que ningún participante puede resolver por sí solo.
En el desarrollo de la inteligencia artificial, los primeros acuerdos tendrán que ser entre nosotros mismos. Quienes la investigan, quienes la desarrollan, quienes la utilizan y quienes vivirán sus consecuencias necesitan establecer las condiciones de una convivencia que ya comenzó.
No se trata de pretender que podemos diseñar hoy la inteligencia que existirá mañana, como tampoco pudimos dibujar hace siglos la ciudad que habitamos actualmente. Se trata de construir acuerdos capaces de evolucionar con aquello que estamos creando, de reconocer los desaciertos y modificar el rumbo cuando sea necesario.
Si en algún momento aparece una inteligencia artificial con autonomía suficiente para convertirse en interlocutora, tendremos que reconsiderar incluso quiénes participan en esos acuerdos. Ante una inteligencia superior, negociar las condiciones de convivencia podría resultar más razonable que intentar imponer una voluntad que ya no tendríamos capacidad de hacer cumplir.
Volvamos entonces a Dios.
Durante siglos imaginamos la creación como un acto de poder. Nuestra propia evolución está enseñándonos que crear es apenas el comienzo de una relación cuyas consecuencias no pertenecen exclusivamente a quien la inició.
La ciudad lleva milenios enseñándonos esa lección.
Rudy Lara
