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Home Columnas

LA CIUDAD TÓXICA Y LA CIUDAD FELIZ

by Ahora Noticias
octubre 22, 2026
in Columnas, LUGARES COMUNES, Opinión
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Hay ciudades que parecen devorarse a sí mismas. Envejecen, se deterioran, pierden habitantes, actividad y atractivo. Sus calles se vacían, los edificios se abandonan y los espacios que alguna vez fueron lugares de encuentro terminan convertidos en territorios de nadie. Otras, paradójicamente, parecen padecer el efecto contrario: crecen, se modernizan, se ordenan hasta alcanzar una perfección casi artificial, pero algo les falta. Son ciudades impecables donde la vida parece transcurrir sin entusiasmo.

Ambas pueden compartir una condición: han comenzado a perder aquello que les da sentido.

Las ciudades no están vivas, aunque nos guste imaginarlas como organismos. No respiran, no piensan ni sienten. Su aparente vitalidad procede de la actividad humana, de millones de acciones cotidianas que producen movimiento, relaciones, intercambios y experiencias. Sin embargo, hay algo desconcertante en esta relación: el entorno que construimos termina influyendo en nuestra propia manera de vivir.
Una ciudad mal resuelta puede convertirse en una ciudad tóxica.

No me refiero exclusivamente a la contaminación ambiental, al ruido o a las condiciones sanitarias. Hablo de una toxicidad menos evidente, que se manifiesta en el desgaste cotidiano de sus habitantes. La dificultad para desplazarse, la inseguridad, el deterioro de los espacios comunes, la falta de oportunidades y la incertidumbre que acompaña a tantas actividades ordinarias pueden convertir la experiencia de habitar en un ejercicio permanente de resistencia.

Vivir así exige un esfuerzo adicional. Resolver lo que debería ser sencillo consume tiempo, atención y recursos mentales. El estrés sostenido puede afectar la concentración, la memoria, el descanso y la capacidad de tomar decisiones. Una parte considerable de nuestras posibilidades termina ocupada en sobrellevar las condiciones de nuestra existencia.

Es posible acostumbrarse a vivir de esa manera. Incluso desarrollar habilidades extraordinarias para enfrentarla. Pero aprender a sobrevivir en circunstancias adversas no significa necesariamente estar desarrollando plenamente nuestras capacidades.

Una persona puede terminar empleando buena parte de su energía en superar las dificultades que le impone su entorno, cuando podría destinarla a aprender, crear, convivir o simplemente disfrutar la vida.

Y lo verdaderamente paradójico es que ese entorno no apareció espontáneamente. Es, en buena medida, consecuencia de nuestras propias decisiones.

Las ciudades son construcciones humanas que expresan nuestra organización social, nuestras aspiraciones, contradicciones y formas de relacionarnos. Su configuración física conserva las huellas de generaciones que decidieron dónde vivir, cómo desplazarse, qué preservar, qué abandonar y qué importancia conceder a los espacios compartidos.

Italo Calvino, en Las ciudades invisibles, imaginó ciudades que parecían contener los deseos, los recuerdos y las contradicciones de quienes las habitaban. Su literatura nos permite reconocer algo que los planos difícilmente expresan: una ciudad es mucho más que la suma de sus edificios.

Pero sería equivocado concluir que una ciudad deteriorada corresponde necesariamente a una sociedad igualmente deteriorada. Las desigualdades, las circunstancias históricas, las decisiones institucionales y los acontecimientos naturales también intervienen en su transformación. Una comunidad puede poseer una enorme riqueza humana y habitar un entorno profundamente deficiente.

Lo que sí podemos reconocer es una relación de influencia recíproca.

Construimos nuestras ciudades y, una vez construidas, ellas intervienen en la manera en que vivimos. Sus condiciones pueden favorecer nuestras capacidades o limitarlas. Y nuestros comportamientos, a su vez, pueden contribuir a mejorarlas o deteriorarlas.
La consecuencia puede terminar alimentando sus propias causas.

Una zona que pierde actividad comienza a deteriorarse. El deterioro desalienta la presencia de personas, disminuye el atractivo de los espacios y puede provocar nuevas pérdidas de actividad. El abandono se reproduce y la ciudad parece comenzar a devorarse a sí misma.
Podríamos llamarla una ciudad fagocítica: aquella cuyo funcionamiento termina consumiendo progresivamente las condiciones que sostienen su propia vitalidad.

Pero también existen ciudades que, buscando resolverlo todo, terminan restringiendo la espontaneidad de la vida. La excesiva especialización de los espacios, la rigidez de sus normas o la obsesión por el orden pueden producir entornos funcionalmente correctos, pero incapaces de estimular relaciones humanas significativas.

Jane Jacobs comprendió que la vitalidad urbana dependía en buena medida de la diversidad, de la mezcla de actividades y de las relaciones espontáneas que ocurren en las calles. La ciudad no adquiere vida por la perfección de su geometría, sino por lo que sucede entre quienes la habitan.

¿Estamos entonces condenados a reproducir indefinidamente las condiciones que hemos creado?
Afortunadamente, no.

Hay algo en nuestra condición humana que permite interrumpir ese proceso: la capacidad de reconocer nuestras circunstancias, compararlas con otras e imaginar que pueden ser diferentes.

Descubrir que es posible vivir mejor puede cambiar nuestra percepción del mundo. Lo que antes parecía inevitable comienza a reconocerse como una condición susceptible de transformación. La imaginación abre entonces una posibilidad que todavía no existe materialmente, pero que puede convertirse en una aspiración.

Es la proyección del ser hacia una realidad distinta.

Sin embargo, imaginar no basta. Una persona puede reconocer los problemas de su ciudad, comprender sus consecuencias y tener ideas para resolverlos, pero descubrir también que sus capacidades individuales son insuficientes para transformar aquello que pertenece a todos. Es entonces cuando aparece el otro.

El individuo reconoce que comparte sus circunstancias con otras personas, que sus aspiraciones pueden coincidir y que la posibilidad de alcanzarlas depende de construir una voluntad colectiva.

La comunicación y los acuerdos han sido instrumentos fundamentales de nuestra evolución social. Mucho antes de construir ciudades, los seres humanos desarrollamos formas de cooperación que hicieron posible la convivencia y la organización de comunidades cada vez más complejas.

Algo semejante, aunque mediante mecanismos biológicos muy diferentes, sucede con las hormigas y las abejas. Sus estructuras espaciales expresan formas extraordinarias de organización colectiva. La colmena y el hormiguero son inseparables de la sociedad que los produce.
Nosotros poseemos, además, la capacidad de reflexionar conscientemente sobre nuestras propias construcciones, cuestionarlas e imaginar otras.

Podemos decidir que la ciudad que heredamos no tiene que ser necesariamente la ciudad que dejaremos.

Pero esa decisión requiere algo más que voluntad. Necesita conocimiento, organización, acuerdos y capacidad de actuar. También exige reconocer que los acuerdos pueden equivocarse y que una sociedad verdaderamente capaz de transformarse debe conservar la posibilidad de revisar sus decisiones.

La conciencia individual adquiere entonces una dimensión colectiva. El habitante deja de percibirse solamente como alguien que utiliza la ciudad y comienza a reconocerse como ciudadano, partícipe de su construcción y responsable, junto con los demás, de su transformación.
Ese descubrimiento puede comenzar con una sola persona, con una conversación o con una pequeña experiencia compartida. Lo importante sucede cuando la aspiración individual encuentra reconocimiento en los demás y consigue convertirse en acción colectiva.

Así llegamos a una posibilidad que parecía lejana cuando comenzamos observando el deterioro urbano: la ciudad feliz.

No hablo de una ciudad perfecta, sin conflictos ni dificultades. Tampoco de una ciudad cuya belleza arquitectónica, prosperidad económica o eficiencia administrativa garanticen la felicidad de sus habitantes.

La felicidad es una experiencia humana que ninguna configuración urbana puede asegurar.

Imagino, más bien, una ciudad donde las personas encuentren condiciones para desarrollar sus capacidades, disfrutar su existencia y participar en la construcción de su futuro. Una ciudad donde puedan reconocerse tanto en sus logros como en sus deficiencias, sin perder el orgullo de pertenecer a ella ni la voluntad de mejorarla.

Una ciudad capaz de devolver a sus habitantes algo de la energía que ellos le proporcionan, multiplicada en oportunidades, encuentros, experiencias y posibilidades de realización.

Porque la ciudad puede amplificar la vida.

Su verdadera riqueza quizá no se encuentre exclusivamente en aquello que ha conseguido construir, sino en la capacidad de su sociedad para continuar imaginando, acordando y transformando lo que comparte.

La ciudad feliz no sería, entonces, una obra terminada. Sería una construcción permanente, imperfecta y cambiante, en la que sus habitantes encuentran también una manera de realizarse.

Al final, las ciudades expresan mucho de lo que somos, pero también participan en aquello que podemos llegar a ser.

Y acaso esa sea nuestra mayor posibilidad: comprender que, al transformar juntos la ciudad que habitamos, también estamos construyendo las condiciones de nuestra propia felicidad.

Nada está escrito.

Aprovecho la ocasión para invitarlos al Foro Urbanismo y Sustentabilidad 2026, que se celebrará el 23 de octubre en el Auditorio de la Dirección de Ciencias Sociales y Humanidades de la UJAT, en Villahermosa, Tabasco. En particular, los invito a la mesa de análisis y debate urbano «Villahermosa, Ciudad de Acuerdos + Villahermosa Futura», de 1:45 a 2:25 p. m., donde conversaremos sobre gobernanza urbana, visión de futuro de la ciudad y participación ciudadana. Será una oportunidad para compartir y contrastar ideas sobre la ciudad que queremos construir.

Rudy Lara Álvarez

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