Confieso que terminé la final del Mundial con una sensación extraña. No era el resultado. Era la conversación. Mientras unos celebraban la victoria, otros parecían disfrutar más la derrota ajena. Me quedé pensando qué era exactamente lo que estábamos festejando y, sin darme cuenta, terminé haciéndome una pregunta que ya no tenía nada que ver con el fútbol.
No creo que un partido explique la vida. Pero, de vez en cuando, deja ver cosas que ya estaban ahí. Antes de que rodara el balón, muchos ya habían decidido de qué lado estaban. No solamente por el juego, sino por la percepción que se había construido durante todo el torneo. La actitud importa. La manera en que alguien responde a la crítica importa. La forma en que gana, pierde, explica o guarda silencio termina construyendo una opinión en quienes observan.
No estoy seguro de que eso sea justo. Pero sucede. Y entonces pensé en Villahermosa 2030. He escuchado opiniones a favor y en contra. Algunas muy bien argumentadas, otras nacidas de la desconfianza. Poco a poco entendí que quizá la discusión no gira únicamente alrededor de las obras. Gira alrededor de la disposición que tenemos para creer en ellas. Y ahí, sin buscarla, me volvió la misma pregunta de siempre.
No podemos celebrar algo que no conocemos. Tampoco defenderlo con convicción. Solo podemos construir una opinión con la información que tenemos. Y cuando esa información parece insuficiente, la incertidumbre ocupa el lugar que debería ocupar la explicación.
No estoy diciendo que el proyecto sea correcto o equivocado. Me interesa otra pregunta. ¿Y si sí? Si un proyecto de esta magnitud se explicara hasta que cualquiera pudiera entender por qué una decisión y no otra, si algunas ideas pudieran fortalecerse escuchando a quienes habitan esos espacios. No porque todo deba someterse a consenso, sino porque comprender también es una forma de participar.
Creo que, incluso en la derrota, se puede ganar. Un gobierno que decide explicar mejor una decisión, modificar parte del camino o incorporar una buena idea ciudadana no necesariamente pierde autoridad. Puede ganar algo mucho más difícil de conseguir: la disposición de las personas a defender aquello que sienten suyo. Nada le conviene más a una ciudad que tener ciudadanos dispuestos a defender aquello que nos es común.
Quizá ahí esté la verdadera victoria. No en imponer un proyecto ni en demostrar quién tenía razón, sino en conseguir que una comunidad decida hacerlo suyo. El consenso no es el objetivo; la comprensión sí. Y, muchas veces, la comprensión termina produciendo consenso.
Si algo distingue a la humanidad es que vivimos para heredar y para dejar herencia. Heredamos ciudad y civilización, cultura y costumbres. Ninguna generación comienza desde cero. Todas reciben algo y todas dejan algo. Así ocurre la evolución: cada generación tiene la oportunidad de mejorar aquello que recibió antes de entregarlo a la siguiente. Y si sí, eso también se hereda.
Por eso una ciudad no debería construirse únicamente con concreto, acero o presupuesto. También se construye con confianza. Con comprensión. Con ciudadanos que, cuando llegue el momento, estén dispuestos a defender aquello que sienten como propio. Tal vez esa sea la obra pública más importante de todas.
Las respuestas importan. Pero las preguntas también.
¿Y si sí?
Por: Rudy Lara Alvarez

