Estoy sinceramente sorprendido por lo mucho que he disfrutado este Mundial, aunque nunca he sido aficionado al fútbol. Y reconozco el enorme alcance que ha tenido este evento, tanto para nosotros como para quienes nos visitaron.
Pensé que terminaría recordando un gol o una gran jugada. Pero no fue eso. Lo que se me quedó fue otra imagen: estadios llenos, plazas abarrotadas, calles convertidas en lugares de encuentro y personas celebrando con desconocidos. Durante unos días pareció posible recuperar algo que extrañábamos: la tolerancia, la empatía y el gusto de compartir el espacio con los demás. No quiero exagerar diciendo que nos reconciliamos como país; sería ingenuo. Pero sí sentí que rompimos, aunque fuera por un momento, esa membrana invisible que nos había ido separando.
Mientras veía todo eso empecé a fijarme en otra cosa. En los escenarios donde ocurría esa enorme catarsis colectiva. No porque alguien me invitara a observarlos, sino porque estaban ahí, tan presentes como la música, la comida o las banderas. Los estadios, las plazas y las ciudades no aparecían como monumentos ni como atractivos turísticos; eran simplemente el lugar donde México estaba siendo México.
Entonces recordé que no era la primera vez que un Mundial nos permitía mostrarnos al mundo.
Cada uno de nuestros Mundiales encontró un país distinto. Ninguno ocurrió sobre una hoja en blanco. En 1970 parecía importante demostrar que éramos capaces. Más allá de las circunstancias de aquellos años, México decidió presentarse mostrando que podía construir, organizar y recibir un acontecimiento de talla mundial. Era una manera de decir: somos capaces.
En 1986 el relato cambió. Ya no se trataba de demostrar capacidad. Se eligió una narrativa muy clara: presentar al país a través de la grandeza de su herencia prehispánica. Las pirámides, las antiguas ciudades y la profundidad de nuestra historia fueron la forma de decirle al mundo de dónde veníamos. Fue una decisión inteligente y sigue siendo una de las mejores cartas de presentación de México.
Pero este Mundial me dejó una impresión distinta.
No percibí un guion tan evidente. No sentí que alguien hubiera decidido cuál debía ser la imagen del país. Simplemente nos mostramos.
Las cámaras recorrían el Azteca, el Zócalo, Paseo de la Reforma, Guadalajara o Monterrey con la misma naturalidad con la que mostraban un puesto de tacos, un mariachi, una lluvia inesperada o miles de personas celebrando juntas. Todo aparecía mezclado porque, en realidad, así es nuestra cultura: una suma de expresiones que conviven sin necesidad de explicarse.
Ahí entendí algo que me interesa particularmente como arquitecto.
No estábamos mostrando edificios. Estábamos mostrando la vida que ocurre en ellos. El orgullo no nacía del concreto, de la estructura o del diseño. Nacía de ver esos espacios llenos de personas apropiándose de ellos.
La arquitectura no era el protagonista; era el soporte de una forma de convivir que, por unos días, volvió a hacerse visible.
Creo que eso ocurre en cualquier sociedad que se reconoce en lo que ha construido. Cuando un pueblo se siente orgulloso de sus ciudades, de sus plazas y de sus espacios públicos, quiere compartirlos con el mundo. Nosotros hicimos exactamente eso. Sin discursos, sin explicaciones y casi sin proponérnoslo.
Y quizá ahí está el verdadero hallazgo.
No dejamos de mostrar de dónde venimos. Seguimos sintiendo el mismo orgullo por nuestra arquitectura prehispánica y por la historia que representa. Lo que sucedió fue que, además, mostramos con absoluta naturalidad el país que seguimos construyendo. No hubo contradicción entre una pirámide y un estadio, entre una plaza histórica y una avenida contemporánea. Todo formó parte de una misma conversación.
Al final descubrí que disfruté mucho más que un Mundial.
Disfruté ver a un país que, mientras recibía al mundo, también volvía a mirarse a sí mismo. Un país que por unos días dejó de insistir en sus diferencias y encontró nuevamente el placer de compartir el espacio común.
No sé si a ustedes les pasó lo mismo.
A mí sí.
Y me gustó lo que vi.
Así somos.
Por: Rudy Lara Alvarez

