Las groserías son la válvula que eliminan de golpe la tensión de una situación angustiosa, una catarsis que nos reintegra a nuestra homeostasis psíquica. En la serie de Netflix Historia de las palabrotas, cada capítulo se titula según una grosería del folklore norteamericano. Así, tenemos «Fuck», «Shit», «Bitch», «Pussy», para nombrar al episodio uno, dos, tres, y así respectivamente. En México, claro, tenemos groserías equivalentes, veamos solo una: la muy anglosajona «fuck» es sustituida por «coger», aunque, para ser honestos, nuestro vocablo es menos dúctil, ya que en el terreno de las palabrotas solo nos funciona para referir a la relación sexual (cosa muy diferente con el acomodaticio verbo «chingar», que nos da chingadera, chingón, chingaste, chingas, chingada y más delicias lingüísticas); pero, aunque es poco lo que esta palabra hace, lo que hace lo hace muy bien: lo cogido (sexualmente) es tomado, habla de una imposición y un dominio, pero —paradójicamente— «Te voy a coger», viniendo del objeto de deseo, no suena como amenaza, más bien como dulce y ansiada promesa. Lo que se coge se agarra con fuerza, se atenaza y no se suelta. Coger no tiene que ver con lo masculino y lo femenino, no solo es meter algo en el cuerpo del otro, también es meterse algo del otro en el cuerpo propio, por ello la mujer se coge al hombre tan duro como él puede hacerlo con ella. El cogido y el cogedor se aferran en un bailoteo liberador, se estrujan en una desigual lucha de fuerzas que en realidad no es tal. Coger está en medio del aburrido y cientificista término «coito» y de aquel concepto dulzón y purista, heredado de la rigidez victoriana del siglo XIX, «hacer el amor».
«Me cogieron», alude —por un lado— al infortunio, remite a una situación de la que no se tuvo gran control (una infracción de tránsito, por ejemplo). Por otro lado, y en sentido muy diferente, es la descripción intimista de un satisfactorio encuentro sexoso. El violado está anulado como otredad; el cogido ¡vaya que está incorporado en el juego sexual!: nadie violado o violada se asume como cogido, en todo caso se autodefine como ultrajado y, por supuesto, violentado.
Esta joven generación que tiene una aversión con lo sacro y un gusto por profanar todo lo que huela a Institución, ha convertido el sustantivo «coger» en un divertido adjetivo que califica el sentir en su nivel más básico: «delicioso». «Hagamos el delicioso», es la petición pública común para un acto —hasta no hace mucho— socialmente maldito. El cinismo de esa palabra, muestra una apertura social, una colonización a un acto cotidiano mirado como abyecto. Cualquiera de los dos significantes aterriza con eficiencia en el significado, aunque con sus matices: «hacer el delicioso» se centra en lo irrebatiblemente placentero del acto, mientras la invitación «vamos a coger» sugiere un encuentro (del latín «in contra»), un ir en sentido contrario y esperar lo inesperado-sexual.
A como sea, la angustia de una actividad que se mira proscripta es desplazada a un término irreverente como «coger» o a uno en apariencia sublimado, como «el delicioso». Palabrotas, ambas, que describen muy bien una situación harto conocida.
Por: Alejandro Ahumada

