Si hoy decidieras sentarte en una banca del parque a mirar el vaivén de las hojas de los árboles, o cómo unas hormigas transportan un trozo de galleta, es muy probable que, a los cinco minutos, una voz interna -con el tono de un gerente de ventas de nivel medio- te susurre: “¿Qué estás haciendo?. Podrías estar escuchando un podcast sobre inversiones o aprendiendo un idioma nuevo”.
Esa voz es el síntoma de una enfermedad moderna: la utilidad patológica. Nos hemos tragado el cuento que si una actividad no produce un dividendo, un músculo marcado o una nueva habilidad que más tarde se pueda explotar, es un desperdicio de oxígeno y tiempo. Hemos convertido nuestra existencia en una hoja de Excel donde cada celda debe estar llena, preferiblemente en color verde “productivo”. Pero aquí está el giro irónico: mientras más intentamos que cada segundo “sirva para algo”, más sentimos que la vida se nos escurre.
Antes de continuar quiero contextualizar de lo que les estoy hablando y cómo llegó a mí este rayo de inspiración. Estaba, como dice Cristian Castro: haciendo nada. Me dispuse a retomar mi lectura “Todos los fines del mundo” de Andrea Chapela –autora mexicana que estaré presentando en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán–, cuando llamó mi atención una frase del filósofo italiano Nuccio Ordine: “La utilidad de lo inútil es la utilidad de la vida, de la creación, del amor, del deseo”. Ahora si, continuemos…
El capataz que hay en ti
Hubo un tiempo en que la explotación venía de fuera. Había un jefe con bigote y mal genio que te obligaba a picar piedra, trabajar en campos, endeudarte en sus tiendas de raya. Hoy, como bien señala el filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, hemos evolucionado hacia algo mucho más perverso: la autoexplotación. Ya no necesitamos que nadie nos fustigue porque nosotros mismos somos nuestros propios capataces. Bueno, un poco alimentado por estos pseudo coaches de redes sociales: levántate a las cinco de la mañana/bebe agua con vinagre/haz ejercicio/báñate con agua fría/desayuna saludable/toma 20 suplementos/pasea al perro… Todo esto contra reloj porque a las 9 de la mañana debes estar trabajando, ya sea desde casa o en tu oficina.
Nos hemos vuelto “recursos humanos” en el sentido más literal y trágico de la frase. El ocio ya no es descanso; es “mantenimiento para el rendimiento”. Hacemos yoga para bajar el cortisol y volver a la oficina más frescos; leemos libros de autoayuda (algunos disfrazados de finanzas personales) para ser “la mejor versión de nosotros mismos”; y meditamos para no colapsar antes del viernes. Incluso nuestras pasiones están bajo asedio: si te gusta la carpintería, alguien te dirá que abras una tienda en Etsy. Si te gusta cocinar, “deberías abrir un canal de Youtube para monetizar”.
Parece que el placer puro, sin fines de lucro, es el último tabú de la modernidad.
Ser inútil es el New Black
Aquí es donde entra Nuccio Ordine para lanzarnos un salvavidas con su frase que suena a contradicción: “La utilidad de lo inútil es la utilidad de la vida”.
Piénsalo un momento. Las cosas que realmente hacen que no quieras lanzarte por la ventana un lunes por la mañana o, para sonar menos trágica, que te hacen levantarte cada día son, técnicamente, inútiles. El amor, por ejemplo. Desde un punto de vista de ingeniería o economía, el amor es ineficiente, consume tiempo, te quita el sueño, te quita el hambre, te distrae: ¡Es un desastre! para colmo de males, no hay forma de ir a un cajero automático y pagar la renta con un “te quiero” (Tal vez sí, pero ese es otro tema). No arregla el motor de tu coche, ni compra la despensa.
Sin embargo, una vida llena de “utilidades”, cosas o actividades que nos dan un beneficio económico, un precio, una ganancia, se llega a sentir vacía. Cuando hay cosas, que en realidad son más importantes, no por su precio, sino porque tienen valor.
Visto desde otro ejemplo, el personaje que interpreta Robin Williams en La sociedad de los poetas muertos, nos recordaba que la medicina, las leyes y la ingeniería son carreras nobles para sostener la vida, pero que la poesía, la belleza, el romance son las cosas que nos mantienen vivos. Es la diferencia entre tener un sistema operativo y tener algo que valga la pena ejecutar en él.
No vivimos de poemas, belleza y amor
Ahora que ya me desahogué con todas las ideas que rondaban en mi cabeza, pongamos los pies en la tierra. No podemos vivir exclusivamente de atardeceres y sonetos de Shakespeare. Chuck Klosterman diría que intentar vivir así es tan pretencioso como decir que sólo escuchas jazz experimental que nadie conoce. Necesitamos la “utilidad”. Necesitamos que los hospitales sean eficientes, que el Wi-Fi y los bancos funcionen y que el recolector de basura pase tres veces a la semana. También es válido querer tener más dinero para ofrecerle a nuestra familia “algo mejor”.
La vida no es una guerra entre el trabajo, el dinero, la felicidad y el disfrute; es más bien, un ecosistema. Imagina que tu vida es un teléfono: la parte útil es la batería, el chip, la señal, los materiales de calidad; la parte inútil, son las fotos de tus amigos, de tu perro, de tu familia, la música que te hace querer cerrar los ojos y bailar, las notas de voz de personas que ya no están.
Sin la infraestructura de lo útil, lo demás no existe. Pero sin el contenido “inútil” ¿para qué quieres ese aparato?. Uno se complementa con lo otro, usar lo útil como medio para alcanzar lo que no tiene precio; y que lo inútil sea el combustible para trabajar en lo útil. El error, en todo caso, es convertir el medio (el trabajo y el dinero) en el fin.
El fantasma de Iván Illich
Si necesitas una última advertencia, mira a Iván Illich, el protagonista de la novela de Tolstoi. Iván tuvo una vida impecable. Fue eficiente, respetado, escaló posiciones sociales y su casa estaba decorada con un gusto exquisito. Fue el hombre más útil del imperio ruso. Y sin embargo, en su lecho de muerte se dio cuenta que su vida había sido un vacío absoluto. Había seguido todas las reglas de la productividad y el decoro, pero nunca se dio permiso de ser simplemente humano, de ser “inútil”, de conectar de verdad con alguien. Descubrió, demasiado tarde, que lo que él consideraba distracciones innecesarias –la compasión, el juego, la vulnerabilidad– era lo único que le habría dado sentido a su existencia.
Si quieres pasar una tarde viendo llover: hazlo. No estás perdiendo el tiempo; estás siendo testigo del mundo.
Si quieres aprender a tocar un instrumento, aunque nunca grabarás un disco, ni llenarás estadios: hazlo. La música no es sólo para los profesionales; es para quienes sienten a través de los oídos.
Si quieres tener una charla de tres horas con un amigo sobre si los perros tienen sentido del humor: hazlo. Esas son las inversiones que realmente rinden intereses en el alma
La paradoja en la frase de Nuccio Ordine, es que todo aquello que “no sirve para nada” es lo que nos hace humanos. Si me lo permiten, me gustaría agregar una frase más de Ordine “Si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el canto de las sirenas que nos induce a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria”.
Al final del día, nadie en su lecho de muerte suspira: “ojalá hubiera contestado más correos electrónicos el domingo” o “Qué lástima que no optimicé mejor mi perfil de LinkedIn en 2026”. Lo que recordamos son esos momentos “inútiles”: la risa que te hizo doler la panza, el olor de tus hijos cuando eran bebés, el sabor de la comida de tu abuela y ese beso que detuvo el tiempo mientras el mundo seguía girando con su aburrida eficiencia.
Necesitamos la utilidad para sobrevivir, pero necesitamos lo inútil para que la supervivencia valga la pena. Sé productivo para que el mundo funcione, pero sé gloriosamente inútil para que VIVAS.
Somos seres humanos, no carpetas compartidas.
Por: Marisol Iturríos
