Un desafío a las certezas
Con los años, como arquitecto, he ido acumulando algunos perfiles y cuestionarios con los datos que necesito para abordar un proyecto de diseño, en especial uno tan íntimo como una casa.
El ejercicio es aparentemente fácil: uno pregunta y el cliente responde. Pero, como ya podrán imaginar, los resultados no siempre son los correctos.
Tan importante como la respuesta es la pregunta. En principio debe ser suficientemente clara para obtener una respuesta igualmente clara. Algunas preguntas buscan respuestas libres y amplias; otras están dirigidas a precisar necesidades o inducir una decisión.
Preguntar si alguien quiere una cocina abierta no es lo mismo que preguntarle cómo cocina, quién cocina, cuándo come la familia o qué sucede cuando llegan invitados. En el primer caso hay ya una posible solución contenida en la pregunta; en los otros se intenta entender una manera de vivir.
Y ahí empieza a construirse el ADN de la futura casa y, muchas veces, también el de la relación entre arquitecto y cliente.
El asunto se vuelve más complejo cuando nuestro objeto de estudio deja de ser un individuo o una familia, interlocutores tangibles, y pasa a ser un corporativo, una comunidad o incluso una ciudad. Quien contrata un edificio corporativo no necesariamente será quien lo habite. En una comunidad habrá necesidades distintas y algunas inevitablemente contradictorias.
En esos casos, el criterio formado por el conocimiento y la experiencia permite definir el sentido y la forma de las preguntas, a quién dirigirlas y cómo interpretar después las respuestas.
Preguntar para conocer tampoco es algo nuevo. Desde la antigüedad ha sido una de nuestras maneras más eficaces de conocer al prójimo, comprender un sistema o aproximarnos a una cosa que desconocemos.
Sócrates construyó alrededor de la pregunta un método cuya influencia llega hasta nuestros días: una pregunta puede poner a prueba aquello que creemos saber y, con frecuencia, descubrir lo que todavía ignoramos.
Durante mucho tiempo, además, las respuestas tuvieron un valor asociado a su escasez: obtener conocimiento exigía tiempo y trabajo intelectual —acudir a quien sabía, encontrar un libro, investigar, especializarse.
Eso cambió.
Hoy tenemos respuestas instantáneas.
Miles.
Y eso paradójicamente ha aumentado el valor de la pregunta.
Internet inició esa transformación y la inteligencia artificial la ha llevado mucho más lejos. Prácticamente cualquiera puede obtener en segundos información especializada sobre arquitectura, economía, derecho, medicina o física. En ese sentido, da igual quién haga la pregunta. Lo que no da igual es la pregunta.
Eso no significa que la especialización haya perdido su valor. Quien conoce una materia no sólo posee respuestas: su formación y experiencia le permiten reconocer qué necesita preguntar, qué variables están relacionadas, qué información falta y cuándo una respuesta aparentemente correcta resulta insuficiente.
La abundancia de información no produce automáticamente conocimiento y mucho menos criterio.
Pero hay otro problema. Las preguntas tampoco son inocentes.
Una pregunta puede buscar información, pero también confirmar una convicción, conducir una respuesta o limitar deliberadamente las alternativas. Una respuesta perfectamente honesta puede provenir de una pregunta equivocada.
Cuando cambiamos nuevamente de escala, esto adquiere otras consecuencias. Encuestas, consultas públicas y plebiscitos pueden ser herramientas eficaces para conocer la opinión de una sociedad, pero sus resultados no deberían separarse de las preguntas que los produjeron. Importa qué se preguntó, cómo se formuló, a quién, dónde, cuándo, qué opciones se ofrecieron, quién interpretó los resultados e incluso quién financió el proceso.
Toda pregunta tiene una intención tan importante como la respuesta.
Y llego finalmente a lo que me interesa de toda esta diatriba.
Es importante cuestionar.
El ciudadano debe aprender a hacerlo, empezando por reconocer que es su derecho.
Preguntar por qué se tomó una decisión, cuánto cuesta, quién la decidió, con qué información, qué otras alternativas fueron consideradas o cuáles serán sus consecuencias no significa necesariamente confrontar a quien gobierna. Tampoco significa desconfiar sistemáticamente de las instituciones, los especialistas, los medios o la ciencia.
Cuestionar no es negar.
Quizá ahí radique una de las dificultades de nuestro tiempo. La enorme disponibilidad de información puede alimentar tanto el conocimiento como la ignorancia disfrazada de certeza. Encontrar en internet una respuesta que confirma lo que ya pensábamos no significa haber investigado. Acumular datos tampoco equivale a comprenderlos.
Por eso el derecho a preguntar trae consigo una responsabilidad: hacerlo con criterio.
Durante siglos, preguntar podía ser interpretado como la evidencia de que alguien no sabía. Hoy quizá debamos empezar a entenderlo de otra manera. Ante una cantidad prácticamente ilimitada de respuestas, reconocer lo que ignoramos, formular la pregunta pertinente, contrastar lo que recibimos y volver a preguntar puede ser una forma mucho más rigurosa de aproximarnos al conocimiento.
La duda no tendría entonces que destruir nuestras certezas.
Tal vez sólo debería obligarlas a explicar de qué están hechas.
Por: Rudy Lara Álvarez

