La pregunta viene al caso ahora que los villahermosinos hemos llenado las redes sociales hablando de modernidad a propósito de Villahermosa 2030. Pero antes de discutir cualquier proyecto, conviene detenernos un momento y preguntarnos qué entendemos realmente por modernidad.
La respuesta parece obvia. Basta mirar a nuestro alrededor para encontrar edificios nuevos, automóviles cada vez más sofisticados y tecnologías que hace apenas unos años parecían imposibles. Sin embargo, la modernidad nunca ha dependido únicamente de lo que construimos, sino de la forma en que decidimos vivir.
En nombre de la modernidad se han hecho cosas extraordinarias. Hospitales, universidades, parques, sistemas de transporte y obras que mejoraron la vida de millones de personas. Pero también, en su nombre, se demolieron barrios enteros, se sustituyeron árboles por asfalto y se construyeron ciudades pensadas para atravesarse, no para habitarse.
Por eso conviene ser cuidadosos con esa palabra. La modernidad no es buena por sí misma. Todo depende de lo que decidamos hacer en su nombre.
Durante buena parte del siglo pasado creímos que una ciudad moderna era una ciudad más rápida. Más carriles, más distribuidores, más automóviles y menos tiempo para llegar de un lugar a otro. Hoy sabemos que esa idea, aunque resolvió muchos problemas, también creó otros que apenas estamos entendiendo.
Las ciudades más admiradas del mundo ya no destacan solamente por la eficiencia de su infraestructura. Destacan porque ofrecen espacios donde la gente quiere caminar, permanecer, encontrarse y disfrutar la ciudad.
Quizá la modernidad ya no consista en construir más, sino en comprender mejor nuestro entorno para vivir mejor.
Esa pregunta no se responde igual en todas partes. Cada ciudad parte de una historia distinta.
En ese sentido, Villahermosa posee una ventaja que pocas veces reconocemos.
Nuestra ciudad no creció destruyendo los barrios que le dieron origen. Fue creciendo al incorporar comunidades que ya tenían identidad propia. Esa historia nos dejó una ciudad diversa, con distintos acentos, memorias y formas de entender el espacio.
Sería un error pensar que el siguiente paso consiste únicamente en seguir expandiéndonos. Antes habría que preguntarnos cómo hacer mejor la ciudad que ya tenemos.
Redensificar antes que extender. Aprovechar la infraestructura existente antes de ocupar nuevos territorios. Entender que conservar la vegetación también significa reducir riesgos, protegernos de las inundaciones y hacer más habitable una ciudad cuya identidad siempre ha estado ligada al agua.
No todo debe medirse por la eficiencia. También importa aquello que vuelve agradable la vida cotidiana. Caminar bajo la sombra de los árboles. Encontrar un espacio público bien cuidado. Sentir orgullo por la ciudad donde vivimos. Todo eso también forma parte de la modernidad.
Hace unos días pensaba en Paseo Tabasco. Durante años lo hemos entendido principalmente como una avenida. Sin embargo, quizá su mayor oportunidad sea otra: convertirse realmente en un paseo.
No porque deje de cumplir su función vial, sino porque pueda ofrecer algo más.
Imaginemos un recorrido continuo que inicie en el nuevo Centro de Convenciones, atraviese el parque La Choca, el parque Tomás Garrido Canabal y la Laguna de las Ilusiones, continúe hacia el Parque Museo La Venta y el Museo de Historia Natural, llegue al parque Manuel Mestre, la Catedral y la glorieta del Caballito, descienda hasta el río Grijalva, se incorpore al Malecón y concluya entre el CICOM, la Biblioteca José María Pino Suárez, el Museo Regional de Antropología y la Zona Luz.
Cada uno de esos lugares ya existe. Lo que todavía no existe es la experiencia de recorrerlos como si todos formaran parte de una misma ciudad.
Eso también es hacer ciudad. No se trata únicamente de conectar edificios, sino de construir una narrativa urbana. Una ciudad que pueda leerse caminando; donde un lugar conduzca naturalmente al siguiente y donde el recorrido sea tan valioso como el destino.
Entonces el nuevo Centro de Convenciones dejaría de ser un edificio aislado. Se convertiría en una puerta de entrada a Villahermosa. Un visitante tendría razones para quedarse unas horas más, caminar, descubrir nuestros parques, nuestros ríos, nuestros museos y comprender que esta ciudad tiene una historia que vale la pena recorrer.
Esa, me parece, es una forma mucho más ambiciosa de entender la modernidad. No como una carrera por construir más, sino como la capacidad de aprovechar mejor lo que ya hemos construido.
Porque una ciudad verdaderamente moderna no es la que acumula más infraestructura. Es la que consigue que sus habitantes vivan mejor en ella.
Por: Rudy Lara Alvarez
