Ni falta hace ser calígrafo o tipógrafo para reconocer en la letra un símil del cuerpo humano. Sus partes adquieren nombres similares. En el cuerpo de la letra encontramos términos como brazos, piernas, ojos, panzas, hombros, cuellos, lóbulos y orejas. El argot gráfico nombra «anatomía» a su estructura, como un galeno aludiendo al organismo humano. Si el cuerpo es erotismo, algo en la letra está erotizado. El libro es su lugar de reunión por antonomasia, transfiriéndole a este su eroticidad.
Por encima del simple gusto del libro como objeto, es verdad que existe una relación entre estos y lo erótico. Entre la letra y el cuerpo. Recordemos la cinta «El libro de cabecera» («The Pillow Book». Greenaway, Peter, 1996), aquella donde la protagonista cede su piel para que sirva como sustento gráfico de relatos voluptuosos, un sensual lienzo adherido al ser. En «El lector» («The Reader». Daldry, Stephen, 2008), una iletrada, pero gustosa de las letras, pide a su efebo amante le lea durante largas tardes veraniegas. En esta propuesta fílmica lo leído transita sobre una tenue tensión sexual, adquiere otra consistencia con la atmósfera erótica de dos cuerpos deseados, desnudos, tan sólo recubiertos por las historias narradas. La sutileza con que aquí se hilvanan la lectura y el acto amoroso es exquisita. Ya de manera obvia, Marilyn Monroe hace de la unión del erotismo y la lectura un verdadero afiche. Múltiples imágenes la muestran en este ensimismado acto que funciona como pretexto para mostrar sus carnosos y áureos muslos, una teatralidad del acto lecturil. ¡Pero funciona!, y funciona porque hay un vaso comunicante entre el cuerpo y las letras, un binomio que gatilla el deseo a la menor insinuación. Famosa aquella frase que reza «las bibliotecas son una casa de citas», jugando con la doble idea que se desprende de la palabra «citas», donde por un lado remite a tomar un fragmento de lo dicho por un autor en su texto y —por otro— a las llamadas casas de tolerancia. Nuevamente, letras y erotismo maridados.
En una vieja campaña de fomento a la lectura, el polémico director de cine, John Waters, enunció una frase provocadora que alberga una verdad que se antoja intuitiva: «Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo cojas» («If you go home whit somebody and they don´t have a books, don’t fuck them»). Waters presupone un aura de erotismo en aquellos hogares que albergan libros y, por extensión, a sus poseedores. Es posible. En mayo de 2013, en un acto de imprudencia y torpeza política, el entonces presidente, Peña Nieto, permite a la revista «¡Hola!» —epítome de la banalidad— realizar un reportaje gráfico sobre su casa, llamada a posteriori «La casa blanca». En múltiples fotografías se daba cuenta del lujo, la opulencia y el derroche, pero —haciendo a un lado la suspicacia que generó el origen de los recursos para su construcción— algo llamó la atención, lo analizable para algunos se centró en lo que no había, en lo que la cámara no captó, en la ausencia: en la casa de este candidato a la presidencia no se aprecia algún libro. La casa blanca era, en este orden de ideas, un espacio sin cultura que, por asociación, nos remite a la pifia aquella del candidato, en el año 2011, al no saber nombrar siquiera tres libros que marcaron su vida. Pero sobre todo nos lleva, parafraseando a Waters, a una casa sin erotismo. Y podría tener sentido, dado el rumor popular que sus inquilinos se enlazaron en unas nupcias concertadas entre una televisora y el gobierno, en un contrato que unió a una pareja bajo la sórdida idea de un proyecto presidencial. Siguiendo a John Waters, en una casa sin letras solo puede habitar un matrimonio deserotizado. Donde no hay letras, no hay pasión.
Letra y cuerpo, una dupla que bien llevada impide ver dónde empieza uno y termina el otro. «En el principio era el Verbo», escribe el apostol Juan, esto es, estamos atravezados por el lenguaje, uno que estaba ahí cuando llegamos; quiza por ello el libro, y lo que él representa, resulta tan atrayente: al mirarlo nos miramos. Y justo aquí se entiende la corporización que se ha hecho de las partes de la letra: no las describimos a ellas, nos describimos a nosotros, sus trazos son nuestros trozos, sus piezas, las nuestras.
Por: Alejandro Ahumada
