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Elogio de la creencia

En cada ciclo escolar hay, por lo menos, un alumno que llega a pedir una extensión, jurando que esta vez sí va a entregar el trabajo. No trae ninguna prueba de que vaya a cumplir, nada que un profesor pueda anotar en una rúbrica. Sin embargo, a veces le creo.

by Ahora Noticias
septiembre 10, 2026
in Columnas, Nacional, PALESTRA, PUNTO DE VISTA, Tabasco
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En cada ciclo escolar hay, por lo menos, un alumno que llega a pedir una extensión, jurando que esta vez sí va a entregar el trabajo. No trae ninguna prueba de que vaya a cumplir, nada que un profesor pueda anotar en una rúbrica. Sin embargo, a veces le creo. No porque tenga razones para pensar que dice la verdad, sino porque sospecho que, en ocasiones, el único impulso que le queda a alguien para intentarlo de nuevo es que otra persona decida creerle.

 

Llevo tiempo dándole vueltas a ese gesto tan pequeño de creerle a un alumno sin ninguna garantía. Pienso en cuántas veces, a lo largo de la vida, confiamos en algo sin tener pruebas de que vaya a salir bien. La psicoanalista Julia Kristeva escribió hace años que el ser hablante es, por naturaleza, un ser creyente. La leí para una clase de filosofía y la frase se me quedó atravesada.

 

Kristeva no se refiere a la fe de las iglesias ni a los dogmas, sino a la necesidad de dar por verdadero aquello que todavía no podemos demostrar. Nuestro país está lleno de esa misma necesidad: la señora que reenvía por WhatsApp el remedio casero y jura que a su cuñada le funcionó. El que juega el mismo número de la lotería todos los domingos porque está convencido de que ahora sí es el bueno. El que le reza a San Judas Tadeo antes del examen, aunque ya se sepa de memoria toda la lección. O el que vuelve a prestarle dinero al primo que nunca paga porque asegura que se lo va a devolver.

 

Vivimos, dicen, en tiempos de desesperanza y de escepticismo generalizado. No estoy tan seguro. Me parece que, más que dejar de creer, hemos dejado de confiar en ciertas instituciones y hemos trasladado nuestra necesidad de creer hacia cosas mucho más pequeñas.

 

Miguel de Unamuno sostenía algo parecido desde otro ángulo. Para él, la fe nace de la necesidad de vivir y no de la evidencia. Primero queremos que algo sea verdad y después buscamos las razones que puedan sostenerlo. A Kristeva le sirve Freud para decir algo semejante: que la creencia no es un error que la razón vendrá a corregir con el tiempo, sino una pieza que sostiene la vida psíquica desde el principio, tan ligada a nosotros como el lenguaje.

 

Confieso que necesito creer que estudiar filosofía sirve para algo, porque si tuviera que demostrarlo únicamente con datos duros, con empleos conseguidos o con utilidad económica, quizá no encontraría argumentos suficientes. También le creo a un amigo cuando, frente a una adversidad, me dice que las cosas van a mejorar, y lo hago porque considero que a veces ese acto diminuto de creer puede ser lo que nos permite levantarnos cuando todavía no tenemos ninguna garantía de que valga la pena hacerlo.

 

Entonces cabe preguntarse qué perdemos cuando exigimos pruebas para todo. Qué ocurre cuando miramos la fe de la abuela como ignorancia y la superstición del vecino como una forma de atraso. La ciencia puede explicar y curar muchas cosas del cuerpo, pero rara vez consuela el ánimo a la hora en que hace falta seguir viviendo sin certezas.

 

No propongo necesariamente un regreso a los altares, y Kristeva tampoco lo hace. Ella habla de dar cauce a esa necesidad, de encontrarle una forma que no exija abandonar la razón ni el pensamiento crítico. Habla de reconocer la creencia como parte de nosotros, en lugar de negarla o esconderla detrás de una supuesta objetividad absoluta.

 

De lo que estoy convencido es de que ninguno de nosotros vive sin creer en algo, aunque jure lo contrario. Por eso pienso que tal vez sea más honesto reconocer nuestra fragilidad y aceptar que, a veces, también caminamos sobre aquello que no podemos demostrar.

 

COLUMNA POR: MARIO CERINO

Tags: KristevaLoteríaWhatsApp
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