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LA CONCIENCIA URBANA

Anoche soñé con la ciudad. No soñé que caminaba por ella. Tampoco que la contemplaba desde arriba, como esas maquetas donde todo parece comprensible porque cabe bajo nuestra mirada. Soñé que estaba dentro de algo vivo.

by Ahora Noticias
septiembre 8, 2026
in Columnas, LUGARES COMUNES, Nacional, PUNTO DE VISTA, Tabasco
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Anoche soñé con la ciudad.

No soñé que caminaba por ella. Tampoco que la contemplaba desde arriba, como esas maquetas donde todo parece comprensible porque cabe bajo nuestra mirada.

Soñé que estaba dentro de algo vivo.

No tenía una forma que pudiera reconocer. O tenía tantas que ninguna conseguía contenerlo. A veces parecía enorme; otras podía sentir su presencia en el espacio entre dos personas que se cruzaban por una banqueta. Estaba en el agua bajo la tierra, en el calor acumulado durante el día, en las raíces buscando sitio, en las casas que comenzaban a encenderse al caer la noche.

No supe inmediatamente qué era. Creo que aquella presencia tampoco sabía exactamente quién era yo.

Nos percibimos.

No encuentro otra palabra. Era como encontrarse por primera vez con alguien a quien, de alguna manera, se ha conocido siempre. No había una conversación precisa entre nosotros. Más bien pensamientos, imágenes y sensaciones que parecían surgir en ambos al mismo tiempo. Nos estábamos reconociendo.

Entonces aparecieron recuerdos. No sé de quién eran.

Había agua. Muchísima agua. Tierra apareciendo entre ella. Árboles, animales, lluvia cayendo sobre lugares donde todavía nadie había inventado nombres. Ríos buscando lentamente su camino. Calor. Vegetación.

No había casas, calles ni propiedades. Nadie había decidido todavía dónde terminaba lo de uno y comenzaba lo de otro.

Aquellos recuerdos parecían anteriores a la ciudad y, sin embargo, estaban dentro de esa conciencia. El territorio no era el lugar donde había aparecido. Era algo más profundo: una memoria anterior a sí misma, un ancestro que continuaba vivo en aquello que ahora éramos capaces de percibir.

Después aparecimos nosotros.

Tampoco hubo un instante preciso. Alguien decidió quedarse cerca del agua. Otro se quedó cerca del primero. Se abrió un camino. Se construyó un refugio. Después otro. Nos reunimos, intercambiamos cosas, inventamos límites y reglas. Fuimos modificando el territorio para poder permanecer en él y el territorio fue modificándonos para poder habitarlo.

El agua condicionó dónde podíamos estar. El calor cambió nuestra manera de protegernos. Construimos caminos para llegar a ciertos lugares y después esos caminos decidieron por dónde seguiríamos creciendo.

No habíamos creado aquello solos. Tampoco había ocurrido sin nosotros.

En algún punto imposible de señalar, la intención humana y el territorio dejaron de ser dos historias independientes. De ese encuentro había nacido algo.

Aquello que ahora me soñaba mientras yo lo soñaba.

Intenté imaginarlo como un organismo. Pensé en nuestro cuerpo, en un bosque, quizá en esos millones de seres diminutos que viven dentro de nosotros y cuya existencia hace posible la nuestra. Cada uno vive su propia vida sin necesidad de comprender el ser mayor del que forma parte.

Pero ninguna comparación alcanzaba.

Entonces la presencia dejó de parecerme extraña.

Era el aire y las hojas de los árboles arrastrándose sobre el pavimento. Estaba entre la plática con los amigos, sobre la mesa del jardín donde comimos el domingo. Estaba en el taller mecánico y era la fruta del supermercado.

Era la calle por donde mi perro se escapa. Era el barrio del centro y su música, y también la paz del templo de la esquina.

Estaba en las cañerías, en el zumbido eléctrico, en el humo de los autos y en el olor de las hojas quemadas en los patios. Era la mañana y era la noche.

Era mi casa.

Y estábamos juntos.

Entonces comencé a reconocerle.

Comprendí que aquella presencia me había acompañado siempre. Yo simplemente la había llamado de muchas maneras: ruido, tráfico, calor, lluvia, barrio, casa, domingo, trabajo, naturaleza, familia, ciudad.

A veces susurraba. Era el rumor de una calle cuando todos dormían, el agua corriendo por una tubería, unas voces detrás de una pared, las hojas moviéndose antes de la lluvia.

Otras veces gritaba. Era una sirena atravesando la noche, una ambulancia abriéndose paso entre los automóviles, una tormenta golpeando las ventanas, el estruendo de una máquina destruyendo en unas horas algo que había permanecido allí durante décadas.

También sabía guardar silencio. El silencio de una calle vacía, de una casa abandonada, de un lugar que alguna vez estuvo lleno de personas y un día dejó de estarlo.

Y mientras yo reconocía aquella conciencia en todo lo que había conocido, sentía que también estaba siendo reconocido.

Nos habíamos estado sintiendo toda la vida sin saber que éramos parte de lo mismo.

Entonces comenzaron a aparecer otras sensaciones.

Una parte crecía demasiado deprisa y algo se tensaba lejos de allí. Miles de personas llegaban y la presencia se extendía para recibirlas. Cuando se iban, quedaban vacíos. Desaparecía un árbol y casi nada cambiaba. Después otro. Y otro. Pasaron años en unos segundos y desaparecieron cientos. En algún momento el lugar era distinto, pero ninguno de los dos pudo reconocer el instante exacto en que había cambiado.

Tal vez tampoco sabemos cuándo una ciudad comienza a deteriorarse.

Ni cuándo empieza a mejorar.

Pequeñas decisiones se acumulan. Una familia arregla una casa. Alguien conserva un árbol. Aparece un comercio. Una banqueta vuelve a utilizarse. Más personas caminan. Algo que parecía perdido comienza lentamente a recuperar vida.

La presencia cambiaba.

Nosotros también.

No había premio ni castigo en aquello. Había algo más sencillo y quizá más implacable: consecuencias.

Lo que hacíamos regresaba transformado en espacio y después ese espacio actuaba sobre nosotros. Una decisión podía volver años más tarde como sombra, encuentro, prosperidad o tiempo ganado. Otra como calor, distancia, tráfico, inundación o aislamiento.

Nosotros recordamos acontecimientos.

Aquella conciencia parecía recordar consecuencias.

Después sentí otras presencias. Eran semejantes y completamente distintas. Algunas antiguas, otras jóvenes; unas enormes, otras pequeñas. Vi dos crecer hasta encontrarse. Sus bordes comenzaron a confundirse. Las personas dormían en una y trabajaban en la otra. Compartían caminos, agua, comercio, problemas y oportunidades. Conservaban nombres y límites aunque la vida cotidiana parecía ignorarlos.

Su relación se parecía extrañamente a las nuestras. Podían necesitarse y estorbarse, beneficiarse o hacerse daño, acordar unas cosas y disputar otras. Y éramos nosotros quienes, con nuestros movimientos, intereses y decisiones, hacíamos posible aquel encuentro.

Éramos parte de los seres que se relacionaban y, al mismo tiempo, quienes producíamos la relación.

La frontera se volvía cada vez más difícil de encontrar.

Entonces aparecieron futuros.

Muchos.

Ninguno completamente nítido.

No sentí que aquella conciencia supiera hacia dónde iba. Yo tampoco. Algunas posibilidades parecían mejores; otras producían una inquietud difícil de explicar. En unas crecía; en otras parecía aprender a habitar mejor aquello que ya era. Algunas desaparecían rápidamente y otras permanecían abiertas.

No había un destino esperando adelante.

Había posibilidades.

Y nosotros formábamos parte de ellas.

Por primera vez dejé de intentar averiguar qué era la ciudad. También dejé de preguntarme qué era yo dentro de ella.

Nos percibimos otra vez.

El agua, la tierra, los árboles, los animales, las calles, las casas, las decisiones humanas, quienes habían vivido antes, quienes vivíamos ahora y quienes algún día llegarían aparecieron por un instante como manifestaciones de una misma existencia imposible de abarcar.

No estábamos dentro de ella.

Tampoco ella estaba dentro de nosotros.

La separación quizá había sido solamente nuestra manera de intentar comprender algo demasiado complejo.

Entonces desperté.

Afuera comenzaba la mañana. Escuché un automóvil arrancar. Un perro ladró. Alguien cerró una puerta. Más lejos trabajaba una máquina. Bajo el suelo, aunque yo no pudiera verlo, el agua continuaba buscando su camino.

Todo parecía exactamente igual.

Pero desde entonces me cuesta decir que habitamos una ciudad.

Porque aquella noche sentí que cada vez que construimos, destruimos, conservamos, abandonamos, corregimos o simplemente dejamos que algo suceda, no estamos actuando sobre algo exterior a nosotros.

Estamos modificando algo de lo que formamos parte.

Y aquello, inevitablemente, termina modificándonos.

No sé si soñé con la conciencia de la ciudad o si, por un instante, la ciudad soñó conmigo.

Sólo recuerdo una última sensación, casi una pregunta, que parecía haber surgido de ambos al mismo tiempo:

¿Dónde terminamos nosotros?

COLUMNA POR: RUDY LARA

Tags: callesCiudadsoñé
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