En una reciente imagen que se viralizó, un joven en el estadio de futbol graba con su celular la acción de gol, pero no registraba la anotación sino su reacción ante esa anotación. «¿Qué tiene de malo?«, dijo alguien en un comentario, «El gol lo puede ver en repetición en cualquier momento, su reacción no. Está bien que se grabe». Parece que sin importar qué ocurra ahí afuera, nosotros debemos ser los protagonistas. Un narcicismo brutal.
La intelectual Susan Sontag, relaciona el acto de fotografiar con la incertidumbre: «La mayoría de los turistas se sienten obligados a poner la cámara entre ellos y toda cosa destacable que sale al paso», agregando que «Al no saber cómo reaccionar, hacen una foto». Para ella, la cámara sirve como ese artilugio que captura, no al objeto en sí, sino a nuestra incertidumbre. Compara al fotógrafo con un cazador que atrapa lo que le inquieta. Fotografiar es cazar, capturar un momento. Ese es el trofeo mismo. Pero hoy la fotografía ha devenido en selfie, en una autocaptura, cosa que es un absurdo pues en una selfie no está en juego el fotógrafo como cazador, no pretende cazar nada, la presa ya está ahí, entregada a su placer. La finalidad de la selfie es otra. La selfie se ha convertido en el acto narcisista por excelencia, la compulsión a tope, la repetición maniática de un supuesto cazador que ante el desinterés e incertidumbre por la vida invierte el arma/cámara y mejor fotografía su vida misma.
La selfie es un reconocimiento tácito al gusto obsesivo por nuestra imagen, es un guiño cómplice al espejo. Sabiendo lo anterior, el artista francés Stéphane Simón expone en 2019, en la sede de la Unesco en París, su obra dedicada a los más de 300 millones de selfies posteadas cada día en las redes. El título no podría ser mejor, Memory of Me, un rótulo ególatra que desnuda la idea de cada selfie: mostrar la belleza para permanecer, alejarse del olvido refugiándose con torpeza en la memoria del otro.
No nos engañemos, la selfie no busca algo tan noble como compartir un momento, anhela el reconocimiento de terceros y restituirnos el gusto perdido por la existencia. ¡Cuánto egocentrismo en ser asistente de un partido de futbol y suponer que el esfuerzo de los jugadores vale menos que mi rostro festejando! Los likes conseguidos serán muchos, supongo, provenientes de otros tantos que asumen el rostro propio como el pináculo de la excelencia y la respuesta a las preguntas existenciales.
COLUMNA POR: ALEJANDRO AHUMADA
