No quiero ser exagerado, pero aprovechando que se acercan esas fechas, les tengo una historia de terror: fantasmas, muertos y zombis. Lo verdaderamente inquietante es que está basada en hechos reales.
Las ciudades son entidades vivas, aunque no organismos; sin embargo, se comportan de manera parecida. Su energía viene de nosotros, sus habitantes; su materialidad, de su territorio y construcciones; y su carácter, de todo aquello que ocurre en ellas a lo largo del tiempo.
Y pueden morir…
Algunas, incluso, nacen muertas y otras son zombis…
En China existen ciudades y grandes desarrollos construidos prácticamente desde cero que durante años tuvieron edificios, avenidas, infraestructura y servicios, pero muy pocos habitantes. Lugares completos en lo físico, a los que les faltaba justo lo que convierte un conjunto de edificios en ciudad: vida.
También hay partes de ciudades que se vuelven zombis a ciertas horas. Centros financieros que se vacían al terminar la jornada, zonas comerciales que desaparecen cuando cierran sus puertas o enormes suburbios habitacionales que quedan casi vacíos durante las horas de trabajo. No están muertos, pero su vida depende de un horario y, muchas veces, de una sola función.
Una ciudad completa funciona de otra manera. Vivienda, trabajo, comercio, educación, cultura, entretenimiento y espacio público se superponen y producen razones diferentes para estar en ella a distintas horas. Cuando esa diversidad comienza a desaparecer, algunas partes de la ciudad empiezan a apagarse.
Hay muchas razones que pueden llevarlas a terapia intensiva.
Detroit es quizá uno de los ejemplos más dramáticos. En 1950 era la quinta ciudad más poblada de Estados Unidos y tenía alrededor de 1.85 millones de habitantes. Después comenzó una larga pérdida de población ligada, entre otras causas, a la transformación de la industria automotriz, la suburbanización y el traslado de empleos y habitantes fuera de la ciudad central. Detroit siguió ahí, pero cada vez más vacía: enormes extensiones de ciudad quedaron subutilizadas.
No murió una mañana.
Fue muriendo lentamente.
Algo parecido, aunque en otra escala, ocurre desde hace siglos con los asentamientos mineros cuando la mina deja de ser productiva. Al desaparecer la actividad que justificaba su existencia, se iban también los empleos, el comercio y los habitantes. Algunos terminaron convertidos, literalmente, en ciudades fantasma.
Pero las historias de terror urbano no siempre terminan mal.
Bilbao sufrió una profunda crisis cuando buena parte de la industria que había determinado su desarrollo comenzó a desaparecer. Cerraron los astilleros y las fábricas, quedaron suelos degradados y la ría cargaba las huellas del deterioro.
Bilbao consiguió reimaginarse.
Y no bastó con el Museo Guggenheim, aunque terminara convertido en su símbolo internacional. La transformación incluyó el saneamiento de la ría, la recuperación de antiguos terrenos industriales, transporte público, infraestructura, espacio público y nuevas actividades económicas y culturales.
La ciudad encontró otra manera de vivir.
Estos fenómenos no ocurren solamente a escala de ciudades completas. También suceden dentro de ellas.
Grandes barrios históricos pueden perder lentamente las actividades que alguna vez les dieron sentido. A veces por un experimento de modernidad que salió mal; otras, por necesidades mal atendidas o simplemente porque cambian nuestras maneras de vivir, trabajar, comprar y desplazarnos. La vivienda se va, algunos servicios la siguen, disminuye el comercio, aparecen edificios subutilizados y cada vez hay menos razones para quedarse ahí a ciertas horas.
La ciudad permanece en pie. Lo que empieza a desaparecer es la vida que ocurría dentro de ella.
Nueva York ofrece un ejemplo extraordinario de lo contrario. El Meatpacking District, antigua zona de muelles, carnicerías, bodegas y actividades industriales, fue perdiendo buena parte de su función original. La vía ferroviaria elevada que transportaba mercancías dejó de utilizarse en 1980 y estuvo a punto de ser demolida.
Hoy la conocemos como el High Line.
La vieja infraestructura se volvió un parque elevado y fue pieza clave de una transformación urbana mucho mayor. A su alrededor aparecieron vivienda, comercio, cultura, restaurantes, espacio público y nuevas actividades. Algo que había perdido su utilidad encontró otra.
Pero devolver la vida también tiene riesgos.
Cuando un barrio vuelve a ser atractivo, aumenta la inversión y, con ella, el valor del suelo y las rentas. Lo que comienza como recuperación puede terminar desplazando habitantes, comercios y actividades que ya estaban ahí. Es el proceso que conocemos como gentrificación. El exorcismo que cobra renta.
Podemos devolverle valor a un lugar y, paradójicamente, quitarle parte de la vida que pretendíamos recuperar.
Más cerca de nosotros, la Ciudad de México ha sido durante décadas un laboratorio urbano a cielo abierto.
A principios de este siglo emprendió la recuperación de su Centro Histórico: se incorporó vivienda, se rescataron edificios históricos abandonados y se trabajó también con las vecindades de rentas congeladas. En ello fue clave la participación de grandes capitales nacionales, con Carlos Slim y Grupo Carso a la cabeza, que apadrinaron la recuperación de inmuebles históricos de enorme importancia.
Más recientemente llegaron la remodelación del Monumento a la Revolución, la peatonalización de la calle Madero y la renovación de la Alameda Central. Plazas y calles que habían perdido atractivo volvieron a ofrecer razones para quedarse.
Un centro no se recupera cuando se embellece. Se recupera cuando se vuelve a habitar.
Barcelona lleva más de siglo y medio enfrentándose a otra versión del mismo problema: cómo transformar la ciudad sin dejar de ser ciudad.
Cuando derribó sus murallas en el siglo XIX, el Ensanche de Ildefons Cerdà le permitió imaginar una expansión distinta, pensada para la movilidad, la higiene, la ventilación y la convivencia de su tiempo. Lo interesante es que Barcelona no quedó congelada en esa respuesta: su estructura sigue adaptándose a nuevas formas de moverse y de usar el espacio público.
Madrid ensaya hoy otra manera de pensar su transformación: Sueña Madrid, dentro de su planeación estratégica, ha abierto la discusión para imaginar futuros posibles para distintos espacios de la ciudad.
No se trata de copiar a Bilbao, Nueva York, la Ciudad de México, Barcelona o Madrid. Cada ciudad es resultado de su territorio, de su historia y, sobre todo, de quienes la habitan.
Pero podemos aprender de ellas.

Y entonces llegamos a Villahermosa.
Nuestro Centro no está muerto.
Durante 2025 y 2026 cerraron establecimientos muy conocidos y otros locales quedaron desocupados. El Vips de la avenida Madero, tras décadas de servicio, bajó sus cortinas. También desaparecieron otros comercios tradicionales. Al mismo tiempo hubo nuevas aperturas y las principales calles comerciales siguen activas.
No estamos contemplando una ciudad fantasma. Estamos viendo una transformación.
Y precisamente por eso deberíamos prestarle atención.
Porque la muerte lenta no comienza cuando encontramos una calle completamente abandonada. Puede comenzar mucho antes: cuando desaparece una vivienda; cuando un edificio utiliza solamente la planta baja y abandona sus niveles superiores; cuando ciertos comercios dejan de encontrar clientes; cuando los servicios se trasladan; cuando una calle que durante el día está llena queda vacía al caer la tarde.
Poco a poco disminuyen las razones para estar ahí. Y un día descubrimos que nos acostumbramos.
En nuestro Centro ocurre además algo difícil de ignorar: tenemos al Grijalva enfrente y durante décadas fuimos alejándonos de él.
El nuevo malecón recuperó su orilla, pero eso no significa que hayamos recuperado el río. La vialidad todavía separa los edificios del malecón y, con nuestras formas actuales de vida, difícilmente iremos al río todos los días solo a pasear.
Un lugar necesita razones para estar vivo.
Vivienda, comercio, oficinas, restaurantes, hoteles, mercados, cultura, servicios y espacio público pueden dárselas.
El Centro todavía tiene muchas.
Entonces:
¿Qué hacemos antes de la muerte del Centro de la ciudad?
Y cuidado con la respuesta.
Cuando intervenimos mal una ciudad, también podemos crear un monstruo.
Nuestro propio Frankenstein.

