En el mundo del cortejo, la frase «Acércate, no muerdo» es un reconocimiento a que todo encuentro amoroso es una suerte de antropofagia, un deseo de comerse al otro.
En tiempos de lo políticamente correcto, incluso amar con intensidad y desmesura es mal visto. La pasión que se desborda debe ser contenida para no ofender, no tanto a los involucrados sino a terceros mojigatos, esos amantes gazmoños a los que les cuesta admitir la relación entre el sexo y el pozole: entre más cerdo, más rico, dicen. Amar, no en el sentido romántico sino en la idea de la entrega pasional, conlleva muchas veces intentos de consumir al amado al punto de dejar marcas en la piel. Los dientes incrustados permanecen como recuerdo de un «abuso consensuado», y que en el complejo discurso de los amantes explica el polémico «no, pero sí»; en términos populares es el «¡Guácala, que rico!».
Estas marcas en el cuerpo son post-it que evocan lo intenso del encuentro y el cómo nuestra piel ajada, marchita, manchada, grasosa, estriada, colgada, reseca, celulítica, con máculas, escamas o cicatrices, blanca, negra o bicolor, es ambrosía para quien nos ama. «Somos poesía en la mirada correcta» o «Nunca falta un roto para un descocido». Es lo mismo. Somos deseados y es lo importante.
Morder y tarascar el pellejo anhelado es un intenso homenaje al otro y a su carne. El Kama-sutra lo sabía, por ello en su amplia taxonomía sexual incluye los mordiscos como parte del repertorio del buen amante. Así, «La línea de puntos», nombre asignado a uno de estos vestigios de arrebato, «es cuando una pequeña porción se muerde con todos los dientes y todos ellos dejan su marca», más aún, el texto hindú especifica que estos signos deben notarse en la frente y en los muslos. En otra clasificación del mismo texto, si el amante decide morder el hombro de su pareja y el rastro que deja «son como muchas filas de pronunciadas marcas, muy cerca las unas de las otras y con intervalos rojos como las huellas que suelen dejar los jabalíes en el barro», se le llamará —evidentemente— Mordisco de jabalí. Incluso Pepe El Toro, a su Chorreada, le canta: «En la dulce sensación de un beso mordelón quisiera, amorcito corazón, decirte mi pasión por ti». Morder al amado está en nosotros, y lo sabe también Drácula, pues su mordida está más revestida de pasión amorosa que de terrorífico ataque. Drácula es sensual y erótico, un engendro acatrinado que mientras muerde seduce, pues la dama atacada se desvanece, queda lánguida a merced del monstruo mordedor, más como una santa Teresa en éxtasis orgásmico que como una mujer asustada.
Los amantes entienden que la mordida es parte del repertorio, siempre y cuando esté dosificada. «Acércate, no muerdo», se advierte; pero esta es la mitad de la confesión, porque los buenos amantes concluirán: «Bueno, sí muerdo, pero poquito».
