Una ciudad puede contarse de muchas maneras. Por sus edificios, sus calles, sus habitantes o sus recuerdos. También puede contarse en hectáreas, viviendas, avenidas, puentes, automóviles y años. Son datos que por separado dicen poco, pero que, puestos unos junto a otros, empiezan a describir el lugar que habitamos.
Durante varios artículos de Lugares Comunes hemos intentado acercarnos a Villahermosa desde distintas perspectivas. Hemos hablado de su historia, de la manera en que la usamos y de la posibilidad de aprender a leerla. Esta vez propongo hacer algo diferente: ponerla sobre la mesa, reducirla provisionalmente a planos y números y tratar de reconstruir cómo llegamos hasta aquí.
El ejercicio tendrá tres momentos: de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde vamos.
No buscamos todavía una solución. Mucho menos una obra. De hecho, durante un rato tendremos que resistir esa tentación. Antes de imaginar qué infraestructura necesita Villahermosa, convendría saber con mayor precisión cuántos somos, cuánto territorio ocupamos, cómo nos movemos, dónde vivimos, dónde trabajamos y cómo ha cambiado todo eso con el tiempo. Comencemos entonces por el principio.
La historia de Villahermosa puede resumirse con sorprendente facilidad. En 1564 Diego de Quijada realizó el trazado de un asentamiento conocido como Villa Carmona. En 1596 aparece ya la denominación Villa Hermosa de San Juan Bautista y en 1641 se autorizó el traslado de los poderes de la provincia desde Santa María de la Victoria. Vendrían después los ataques piratas, el traslado temporal de la capital a Tacotalpa, su restitución en 1795, el reconocimiento de San Juan Bautista como ciudad en 1826 y, finalmente, la adopción definitiva del nombre de Villahermosa en 1916.
Más de cuatro siglos caben en un párrafo. La ciudad, evidentemente, no.
Hacia 1885 Villahermosa tenía poco más de nueve mil habitantes y ocupaba aproximadamente 160 hectáreas. En 1946 la población rondaba los 34 mil habitantes y la superficie urbana había alcanzado unas 632 hectáreas. Para 1964 eran aproximadamente 59 mil personas distribuidas sobre 919 hectáreas.

Hasta entonces la ciudad había permanecido esencialmente concentrada alrededor de su núcleo tradicional. Durante los años siguientes comenzó otra historia.
Atasta y Tamulté se incorporaron progresivamente a la estructura urbana. Aparecieron nuevas colonias, vialidades y equipamientos. La expansión petrolera de los años setenta aceleró el crecimiento demográfico y económico de Tabasco y Villahermosa empezó a extenderse sobre territorios que hasta poco antes estaban fuera de su continuidad urbana. Más adelante surgiría Tabasco 2000 sobre los terrenos del antiguo aeropuerto y con él una nueva centralidad administrativa, comercial y residencial.
Los números permiten observar la dimensión del cambio.
En 1972 Villahermosa tenía alrededor de 108 mil habitantes y ocupaba unas 1,187 hectáreas. En 1979 la población se aproximaba a 175 mil y la mancha urbana alcanzaba 1,879 hectáreas. Para 1984 esa superficie había aumentado a unas 3,095 hectáreas y en 1993 rondaba ya las 3,813.
La ciudad dejó de ser solamente aquella que crecía alrededor del centro y comenzó a adquirir la estructura extendida que hoy reconocemos.
También las vialidades fueron construyendo otra geografía. Ruiz Cortines, el Circuito Interior Carlos Pellicer Cámara y el Malecón se convirtieron en elementos estructuradores; Paseo Tabasco, Paseo Usumacinta, 27 de Febrero y Gregorio Méndez articularon diferentes sectores. Puentes y nuevas conexiones permitieron atravesar algunos de los límites que imponían ríos y lagunas. La forma resultante nunca podía ser completamente regular: Villahermosa se desarrolló sobre un territorio marcado por el agua, los terrenos bajos y una geografía que obligó a la ciudad a adaptarse mientras crecía.
Al finalizar el siglo XX la transformación era considerable. Para 1999 la superficie urbana se estimaba en aproximadamente 5,109 hectáreas. En 2000, alrededor de 5,502. Cuatro años después, los instrumentos de planeación registraban unas 7,605 hectáreas.
Entre 1964 y 2004, en apenas cuarenta años, la superficie urbana registrada de Villahermosa se había multiplicado más de ocho veces.

Pero dentro de aquella ciudad que se extendía hacia nuevos territorios ocurría simultáneamente otra cosa.
En el año 2000, el Programa de Desarrollo Urbano registraba 948.7 hectáreas de baldíos urbanos, aproximadamente 17 por ciento de la superficie considerada. Se trataba de terrenos localizados dentro del ámbito urbano y que, según el propio documento, disponían ya de servicios de infraestructura y accesibilidad vial.
El dato merece atención, pero todavía no una conclusión.
No sabemos cuánto de aquel suelo permanece actualmente sin ocupar, qué usos recibió el que fue incorporado durante los años siguientes ni cuánto suelo disponible existe hoy dentro de la ciudad consolidada. Tampoco podemos suponer que aquellas hectáreas constituyeran una reserva homogénea o que todas fueran susceptibles de recibir los mismos usos.
Por ahora basta saber que estaban allí.

Villahermosa siguió creciendo. La expansión rebasó progresivamente la lectura de la ciudad como una entidad contenida dentro de sus antiguos límites. El continuo urbano alcanzó localidades periféricas y la relación con Nacajuca adquirió una dimensión metropolitana. Esto introduce además una dificultad que tendremos que mantener presente: Villahermosa, el municipio de Centro y la zona metropolitana no son lo mismo. Utilizar indistintamente sus cifras puede producir una imagen equivocada de la ciudad.
Por ejemplo, el Censo de 2020 registró alrededor de 340 mil habitantes en la localidad de Villahermosa, mientras el municipio de Centro superaba ampliamente los 680 mil. Al mismo tiempo, decenas de miles de personas habitaban ya localidades integradas funcionalmente a la ciudad aunque administrativamente estuvieran fuera de ella.
Dónde termina Villahermosa comienza entonces a ser una pregunta menos sencilla de lo que parece.
Y precisamente ahí empieza la segunda parte de este ejercicio.
Tendremos que averiguar cuántos somos hoy y dónde vivimos. Cuántas viviendas existen, cuántas están ocupadas y cuántas vacías. Cuánto territorio hemos urbanizado y cuánto permanece disponible. Dónde se concentran los empleos, las escuelas, los hospitales y los principales centros de actividad. Cuántas rutas de transporte recorren la ciudad, qué trayectos realizan y cuántos viajes hacemos diariamente. Habrá que colocar sobre el mismo plano población, vivienda, movilidad, infraestructura, agua y territorio.
Después podremos proyectar algunas de esas cifras hacia 2030, 2040 o 2050.
No se trata de elaborar desde estas páginas un programa de desarrollo urbano ni de sustituir los instrumentos técnicos que una tarea semejante requiere. El propósito es mucho más modesto: intentar entender qué ocurre cuando dejamos de observar aisladamente los problemas de una ciudad y comenzamos a relacionarlos.
Quizá entonces algunas preguntas cambien.
Antes de decidir hacia dónde debería crecer Villahermosa, tendremos que saber cuánto ha crecido. Antes de preguntarnos cuánta infraestructura nueva necesitamos, convendrá conocer la que ya tenemos. Y antes de imaginar dónde construir, habrá que averiguar qué ha sucedido con el territorio que alguna vez estuvo disponible dentro de la propia ciudad.
Después llegará el momento de proyectar escenarios y preguntarnos hacia dónde vamos.
Por ahora mantengamos las manos quietas.
Primero necesitamos saber dónde estamos.
Y para hacerlo había que comenzar por entender de dónde venimos.
COLUMNA POR: RUDY LARA
