Hay sonidos que prácticamente no necesitan presentación. Basta escuchar los primeros segundos de la alerta sísmica para que millones de mexicanos sepan que deben detenerse, ponerse a salvo y prestar atención.
Pero ese sonido no siempre existió como lo conocemos hoy.
Su historia comenzó después del terremoto del 19 de septiembre de 1985, cuando México quedó marcado por una tragedia que evidenció la necesidad de contar con un sistema capaz de advertir a la población antes de la llegada de las ondas más destructivas.
En las primeras pruebas se utilizaron sonidos similares a los de las patrullas y ambulancias. El problema apareció rápidamente: podían confundirse con las señales habituales de los servicios de emergencia. Incluso durante una prueba en una escuela, una ambulancia pasó cerca y provocó que alumnos y profesores creyeran que se trataba de una alerta relacionada con un sismo.
Había que crear un sonido diferente. Uno que pudiera atravesar el ruido de una ciudad, captar la atención de inmediato y, sobre todo, que nadie confundiera con otra emergencia.
Así nació el sonido que hoy todos reconocemos
De acuerdo con el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (CIRES), en 1993, cuando el sistema dejó de ser experimental y comenzó a funcionar como servicio público, autoridades del entonces Distrito Federal, ingenieros de audio y comunicadores trabajaron en una señal específica para la alerta.
El resultado fue una combinación de una sirena particular y una voz que pronuncia las palabras “alerta sísmica”, acompañadas de un patrón repetitivo diseñado para llamar rápidamente la atención.
La elección de la voz tampoco fue casual.
La frase que millones de mexicanos han escuchado durante décadas pertenece al locutor Manuel de la Llata García, quien fue seleccionado en 1993. Su tono grave y característico terminó convirtiéndose en parte inseparable de la identidad de la alerta.

¿Por qué nos provoca tanto miedo?
La reacción que produce tampoco es casualidad. Con los años, nuestro cerebro aprendió a relacionar ese sonido con una situación de peligro.
Por eso puede generar ansiedad, nervios o sobresalto incluso durante un simulacro, cuando sabemos que no está ocurriendo un terremoto.
Precisamente esa reacción es parte de su propósito: interrumpir lo que estamos haciendo, captar nuestra atención y darnos la oportunidad de actuar antes de que llegue el movimiento sísmico.
Así, un sonido que para muchos comenzó como una señal de miedo terminó convirtiéndose también en una herramienta de prevención.
Cada vez que vuelve a escucharse, detrás de esos segundos que pueden provocar un sobresalto existe una historia que comenzó después de una de las mayores tragedias de México: la búsqueda de una forma de avisar a tiempo y, con ello, dar a las personas una oportunidad más para ponerse a salvo.
Jenny Colorado
