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Home Columnas

La genética de las cosas

by Ahora Noticias
agosto 4, 2026
in Columnas, LUGARES COMUNES, Portada, PUNTO DE VISTA
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Hace unos días vi, casi por accidente, un video sobre la arquitecta Lina Ghotmeh. Hablaba de tres proyectos suyos: el Museo Nacional de Estonia, Stone Garden, un edificio en Beirut, y su intervención en el British Museum, en Londres. En algún punto explicó su método de trabajo y le puso un nombre: “arqueología del futuro”. Ahí tuve que detener el video. Llevaba semanas escribiendo, casi con las mismas palabras, sobre otra ciudad, en otro continente, sin haber oído nunca de ella.

La ciudad de la que hablo es Villahermosa. Desde hace tiempo intento entender cómo llegó a convertirse en la ciudad que hoy habitamos y, sobre todo, qué decisiones fueron modificando su relación con el territorio y con quienes viven en él.

Villahermosa nació de un acuerdo con el agua, no de un enfrentamiento con ella. Durante siglos su crecimiento estuvo condicionado por ríos, lagunas, zonas bajas y temporadas de lluvia. El agua no era una anomalía del territorio: era parte de él. La ciudad aprendió a asentarse, moverse y crecer reconociendo esa condición.

La tecnología modificó esa relación. Nos permitió rellenar, contener, desviar y construir donde antes resultaba difícil hacerlo. El problema no fue adquirir esas capacidades, sino confundirlas con la posibilidad de prescindir de aquello que habíamos aprendido. Dejamos de negociar con el paisaje porque comenzamos a creer que podíamos corregirlo. Décadas después, el agua sigue regresando durante las lluvias a muchos de los lugares que históricamente le pertenecieron. No está librando una guerra contra nosotros. Simplemente conserva mejor la memoria del territorio.

De ahí surge una idea que desde hace casi dos décadas utilizo en mi trabajo: la genética de las cosas. Todo lugar posee una especie de código formado no por estilos ni por formas, sino por las decisiones, relaciones y conflictos que explican por qué llegó a ser exactamente lo que es.

Por eso mis proyectos nunca han buscado parecerse entre sí. Nunca me interesó construir un estilo reconocible como estrategia comercial porque la genética de un sitio no puede repetirse mecánicamente en otro. El lugar cambia, pero también cambian las personas, la historia, los hábitos, el clima, los materiales disponibles y las relaciones que se han establecido entre todos ellos.

Ese código tampoco se descubre mirando un plano desde lejos. Hay que observar, caminar, habitar y sentir. Y muchas veces se revela con mayor claridad en el conflicto que en la calma. Una calle que se inunda cada octubre contiene información. También la contiene una plaza que permanece vacía, una banqueta por la que nadie puede caminar o un espacio público que, a pesar de haber sido diseñado para congregar personas, no consigue hacerlo.

Villahermosa ofrece un ejemplo demasiado cercano como para buscarlo en otra parte: el nuevo Malecón. Pocas intervenciones recientes permiten explicar mejor lo que ocurre cuando se diseña un espacio antes de comprender suficientemente el lugar sobre el que se está actuando.

La paradoja comienza con su propio propósito. El proyecto pretendía recuperar la relación de Villahermosa con el río y, sin embargo, terminó dificultando en distintos puntos su contemplación. Quiso devolverle protagonismo al Grijalva mientras borraba de su lectura los cruces fluviales que durante generaciones habían formado parte de la vida cotidiana de la ciudad. Construyó un gran espacio público sin resolver adecuadamente algo tan elemental como la manera en que la gente llegaría hasta él, dónde dejaría el automóvil y cómo incorporaría ese nuevo espacio a sus recorridos habituales.

El resultado está a la vista: una intervención importante, costosa y extensa que no ha conseguido producir una intensidad de uso proporcional a su escala. Podemos discutir sus formas, sus materiales o sus méritos arquitectónicos, pero hacerlo sería comenzar la discusión demasiado tarde. El problema fundamental ocurrió antes de dibujarlo: en la lectura de la ciudad.

Porque el Malecón no era solamente una franja disponible junto al río. Allí ya existían relaciones entre agua y tierra, recorridos, cruces, vistas, actividades, costumbres y maneras de apropiarse del espacio. Todo eso era información. También lo eran las advertencias, las críticas y las resistencias que aparecieron alrededor de su transformación.

Ahí aparece otra dimensión de esta idea: también el conflicto social revela el código. Cuando quienes conocen, estudian, utilizan o atribuyen valor a un lugar cuestionan una intervención, su oposición no demuestra automáticamente que tengan razón ni que el proyecto esté equivocado. Pero tampoco puede reducirse a una molestia que debe apartarse para poder avanzar. Toda oposición relevante contiene información que debe ser comprendida antes de ser descartada. Escuchar no significa obedecer; significa incorporar conocimiento antes de decidir.

La genética de una ciudad, entonces, no está solamente en su geografía. Está también en las relaciones que sus habitantes han construido con ella. La gente y su cultura forman parte del lugar tanto como el río, el clima o el suelo.

El Malecón resulta particularmente revelador porque intentó modificar precisamente una de las relaciones más antiguas de Villahermosa: la de sus habitantes con el agua. Y quizá ahí se encuentre su mayor contradicción. Para acercarnos nuevamente al río no bastaba con construir junto a él. Había que entender primero de qué manera habíamos aprendido históricamente a relacionarnos con él.

El problema no está necesariamente en sus formas. Está antes de ellas. Está en la lectura.

Por eso diseñar, dentro de esta teoría, no puede comenzar imaginando un futuro desde cero. Antes de dibujar hay que descifrar el acuerdo existente, incluso -y quizá especialmente- cuando nuestra intención sea modificarlo.

Y entonces me encontré con Lina Ghotmeh hablando de Beirut, una ciudad que ella describe a partir de las capas sucesivas que terremotos y guerras han dejado sobre ella. Su arquitectura no intenta borrar esas capas. Las investiga. Stone Garden, un edificio de concreto y tierra local, fue concebido entendiendo, entre otras cosas, la condición sísmica del lugar. Poco después de terminarse, la explosión del puerto de Beirut devastó buena parte de la ciudad. El edificio resistió.

No es la supervivencia del edificio lo que demuestra una teoría. Lo interesante es el método que existía antes del resultado. Ghotmeh llama “arqueología del futuro” a una manera de proyectar que busca hacia atrás antes de hacerlo hacia adelante. Yo he llegado, desde Villahermosa, a una intuición cercana: antes de imaginar lo que un lugar puede llegar a ser hay que comprender aquello que lo hizo ser lo que es.

No es una coincidencia que pruebe nada, pero sí un reconocimiento estimulante. Dos territorios completamente distintos pueden conducir a conclusiones metodológicas semejantes. En Beirut hablan los terremotos, las guerras, los materiales y las sucesivas reconstrucciones. En Villahermosa hablan el agua, el clima, la historia, las costumbres y nuestras maneras particulares de ocupar el espacio. Los problemas son distintos. La necesidad de leerlos es la misma.

En el extremo contrario está una de las mayores fantasías urbanas de nuestro tiempo: The Line, dentro del proyecto NEOM, en Arabia Saudita. Una ciudad lineal proyectada sobre un territorio que desde lejos puede parecer el lienzo en blanco perfecto para ensayar una idea radical de futuro.

Pero un territorio desocupado no es un territorio vacío. El desierto tiene clima, agua, orientación, ecosistemas, historia y habitantes relacionados con él. El lienzo en blanco solo aparece cuando quien proyecta decide que aquello que existía antes no constituye información relevante. En ese sentido, The Line representa casi el reverso de la arqueología del futuro: primero aparece una idea extraordinariamente poderosa y después comienza la difícil negociación para conseguir que la realidad se adapte a ella.

La modernidad nos ha dado herramientas extraordinarias para transformar el territorio, pero ninguna herramienta, por sofisticada que sea, sustituye la necesidad de comprenderlo. Podemos construir sobre un pantano, contener un río, atravesar una montaña o levantar una ciudad en el desierto. La verdadera pregunta no es si podemos hacerlo, sino qué dejamos de entender cuando nuestra capacidad técnica nos convence de que ya no necesitamos escuchar.

Porque la genética de una ciudad no está solamente bajo sus calles. Está en el agua que las atraviesa, en la historia que las produjo, en la gente que las utiliza y en las costumbres que les dan sentido. Está también en sus contradicciones, en sus errores y en los conflictos que aparecen cuando intentamos transformarla.

Diseñar el futuro no consiste en conservarlo todo ni en impedir el cambio. Una ciudad que no cambia termina convirtiéndose en museo. Se trata justamente de lo contrario: de transformarla con suficiente conocimiento como para distinguir aquello que puede cambiar de aquello que primero necesitamos comprender.

Quizá por eso la arqueología y la genética terminan encontrándose. Ambas buscan información en aquello que ya existe.

Antes de preguntarnos cómo queremos que sea la ciudad del futuro, convendría entender por qué la ciudad que tenemos llegó a ser como es. El territorio, la historia y quienes lo habitan llevan mucho tiempo explicándolo.

El problema es que todavía no siempre sabemos escucharlos.

Por: Rudy Lara Alvarez

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